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| fotografía de Esteban Astesiano |
La noticia de la caída de Andalucía en
manos de Napoleón produjo el desenlace de una situación que todos los
grupos políticos de Buenos Aires estaban esperando: los que seguían a
Saavedra, los amigos de Castelli y Belgrano, los restos del partido de
Álzaga y hasta el propio Cisneros. Los espías portugueses habían
denunciado dos meses antes que el virrey se preparaba a crear “una Junta
Provisoria compuesta de la Rl. Audiencia y cabildo de Buenos Aires de
la que será presidente Cisneros.”
El desenlace se produjo el 25 por presión del pueblo en
armas en el cuartel de Patricios, el cuerpo integrado por los vecinos
de las orillas de la Capital.
Enrique Manson
PUEBLO Y MILICIA EL 25 DE MAYO
La noche del 24 al 25
fue de alboroto, decíamos ayer. Una "especie de conmoción y gritería en
el cuartel de Patricios’' no dejó dormir al notario eclesiástico y
futuro Director Supremo de las Provincias Unidas, Gervasio Antonio de
Posadas, que así lo dice en su “diario íntimo". Lo corrobora Cisneros en
su informe al Consejo de Regencia: “...en el cuartel de Patricios
gritaban descaradamente algunos oficiales y paisanos, y esto era lo que
llamaban pueblo...”; los oidores de la Real Audiencia, que serán
expulsados en breve de Buenos Aires, mencionan en su informe a Cádiz...
una fermentación en el cuartel de Patricios" que precedió en la mañana
del 25 a la caída definitiva del Virrey.
Una gritería en Patricios fue la noche de la Revolución
para los vecinos del centro de Buenos Aires. Los “orilleros” que
formaban el grueso de la milicia urbana expresándose en forma airada;
reclamando el derecho a ser el nervio y la fuerza de la Historia
Argentina. Las milicias alzándose contra lo arreglada el día anterior
por la gente "principal y sana", que la noche del 24 acababa de perder
su condición de clase dirigente.
La ciudad amaneció amotinada y el alzamiento
desconcertó a todos, inclusive a los jóvenes carlotinos que peticionaban
a nombre del pueblo y acababan de aplaudir la solución encontrada por
el Síndico Leiva, y regocijándose de que su representante, Castelli,
estuviese en la Junta presidida por el Virrey. Inclusive a los
comandantes de los cuerpos urbanos que acaban de prestar juramento a la
Junta ideada por Leiva, y se volvieron muy tranquilos a sus casas sin
sospechar el “espíritu de Mayo" que acababa de nacer.
Aclaro de una vez por todas, para evitar equívocos en
el que incurren muchos, no se trataba de un planteo militar a la
moderna; no eran peticiones de comandantes apoyados en la cuantía de una
tropa disciplinada y dócil. Los milicianos de Mayo tenían conciencia de
ser el pueblo en armas, y fueron ellos los soldados y las clases,
seguidos por algunos oficiales compenetrados con su espíritu como
Chiclana y otros, lo que acabó por arrastrar a sus comandantes.
Saavedra había aceptado integrar la Junta Virreinal,
como jefe de Patricios y representante de la clase militar, recibía
plácemes por ello en la fortaleza durante la tarde del 24, palpó la
hostilidad de los suyos al entrar regocijado por la puerta de las
temporalidades. Hubo exaltados que lo tirotearon, desconcertando al
comandante. Como era un auténtico militar, comprensivo de que debía
representar al cuerpo y no imponerle por vía jerárquica lo que creía más
conveniente, se apresuró a renunciar su vocalía.
Fue, sobre todo, la presencia de una entidad tan vieja
como la conquista de América, pero olvidada hasta entonces: el pueblo,
el auténtico Pueblo, que no él retórico de los lectores de Rousseau (el
Marx de entonces), imponiéndose en la gran realidad argentina. Y fue
también el levantamiento de las orillas pobladas de matanzeros y
quinteros de honda raigambre patriótica, contra el "centro” principal,
sano y decente que alguna vez habría de producirse, Pero que no llegó a
consolidarse por falta de un caudillo con visión y conciencia de su
papel.
A las 8 de la mañana se reunieron los regidores,
alcaldes y síndicos en el cabildo, encontrándose con la novedad de la
renuncia colectiva de la Junta ¿Y esto?...
Se
habían retirado temprano la noche anterior, y nada sabían del "estado
de conmoción”; tal vez habitaban lejos de los cuarteles de milicias, tal
vez su sensibilidad les había endurecido los oídos.
En las calles no había nadie, y una fina lluvia -que se
prolongaba toda la semana- cubría el cielo de fines de otoño. La mañana
destemplada no parecía propicia para los acaloramientos, y si alguno
les habló de los gritos que se oían en el cuartel de la calle del
Correo, supusieron que eran juegos de los milicianos, o festejos por
haberse terminado a satisfacción de todos el “expediente” de la caída de
la Junta de Sevilla
No entraré en los detalles de todo lo ocurrido esa
tarde. MAYORIA no me da espacio para tanto. Solo diré que los
cabildantes discuten las renuncias. ¿Cómo se explicaba esa actitud
cuando todo estaba arreglado a satisfacción general? Seguramente cosas
de Chiclana que impresionaron al pusilánime Saavedra. Pero ¿a qué
atemorizarse con la agitación de una parte del pueblo si los jefes
militares en su totalidad habían jurado mantener y defender a las nuevas
autoridades?
Se los manda llamar. Leiva les habla de “los males que
iban a resultar si se innovase en lo resuelto, recordándoles su
compromiso de sostener a las nuevas autoridades”. Menos los comandantes
de tropas regladas que prudentemente callan (Orduña de Artilleros, Lecoq
de Ingenieros, de la Quintana de Dragones), los demás, Romero en
representación de Patricios, García de Montañeses, Ocampo de Arribeños,
Terrada de Granaderos, Ruiz de Naturales, Esteve y Uac de Cañoneros de
la Unión, Merelo de Andaluces, Martín Rodríguez del 1º de Húsares, Núñez
del 2º, Vivas del 3º, Castex de Migueletes, Ballesteros de Quinteros:
es decir todos los jefes de cuerpos milicianos, contestan “que no solo
no podían sostener al nuevo gobierno ni aun podían sostenerse ellos
mismos y evitar los insultos que podían hacerse al Excmo. Cabildo... que
el pueblo y la tropa estaban en una terrible fermentación”. Es cierto
que habían jurado
defender a la Junta
virreinal la tarde anterior, y como hombres de honor estaban dispuestos
a cumplir su juramento: pero solo podían hacerlo con sus exclusivas
espadas, y -desde luego- contra su tropa que se les había sublevado.
Esa fue la Revolución del 25, de aquel 25 de Mayo que
inició la presencia del pueblo en las cosas públicas. Pueblo y ejército
eran entonces una misma y sola cosa. Quiera Dios que lo vuelvan a ser
para siempre. Y que los Orduña, Lecoq y de la Quintana de las tropas
regladas guarden para siempre su Marcha de la Libertad y asuman un
prudente silencio cuando el Pueblo y su Milicia han hablado.
José María Rosa
Diario Mayoría, mayo de 1973
Glosario:
Carlotinos eran los partidarios de la infanta Carlota Joaquina de
Borbón, hermana de Fernando VII y casada con el regente y heredero del
trono portugués Juan de Braganza. Castelli, Belgrano y otros habían
jugado la carta de una regencia de la infanta, tomando una posición
absolutista, enfrentando al grupo que lideraba Martín de Álzaga, al que
acusaban de democrático. La aparente contradicción se explica en la
política interna de Buenos Aires ante el derrumbe de la monarquía en la
península. Con el mascarón de la infanta, el grupo de jóvenes porteños
sería el verdadero gobernante de estas tierras.
El plan se vino abajo por la traición de Carlota que no
confiaba en sus inesperados seguidores y los denunció al virrey
Cisneros.
Milicia era la tropa formada
por los vecinos de cada ciudad. No eran soldados profesionales, como los
veteranos o tropas regladas como llama el autor a “Orduña de
Artilleros, Lecoq de Ingenieros, de la Quintana de Dragones”. En el
Buenos Aires de 1810, se trataba de los cuerpos creados con motivo de
las invasiones inglesas.