jueves, 10 de julio de 2014

GRASIA’ POR CONOSER EL MAR


¿Qué fue Perón para los humildes?
Alguna vez, Saúl Ubaldini contó cómo había conocido el mar. Alumno destacado en la escuela primaria, el futuro líder de la CGT ganó un concurso cuyo premio consistía en un viaje a la Colonia Turística de Chapadmalal, cerca de Mar del Plata.
Muchas veces me tocó escuchar cómo contemporáneos míos habían llegado por primera vez a los zapatos de cuero, a la pelota de futbol, a la muñeca, gracias a Evita o a Perón.
Hace unos años integré un panel en el que se hablaba sobre el peronismo ante un auditorio de estudiantes de historia. Lo compartía con un dirigente de municipales que dedicó su exposición a contar cómo su infancia, marcada por la pobreza y las privaciones, había cambiado profundamente cuando el peronismo mejoró las condiciones de las familias humildes. El –pese a que ya adulto militaba en el partico comunista- había tenido entonces sus primeros zapatos de cuero.
Mi niñez fue diferente. En la familia de un funcionario público de mediano rango y una maestra, con sus cuatro hijos, en la que se vivía austeramente. Siempre que los necesité tuve zapatos de cuero, no me faltó la pelota de futbol y, como se puede suponer, sólo mi hermana menor jugaba con muñecas.
Más de una vez me pregunté si había recibido algún beneficio material directo del peronismo. Visité la Colonia de Chapadmalal, aunque no por méritos escolares, ya que no era un alumno destacado como Ubaldini.
Mi adhesión al peronismo surgía de ideas y valores y se había fortalecido con el estudio. Me apasiona la política internacional, la tercera posición independiente, la integración promovida desde la alianza con Brasil y Chile en los ’50. Me admiraba la figura del Perón estadista, el que llevaba a la Argentina a protagonizar la política grande del mundo del siglo XX. Esto no significaba un menosprecio del tema social, de la justa distribución de bienes y servicios. Del ingreso de argentinos humildes en el mundo contemporáneo.
Fue mi más reciente visita a esos hoteles de Chapadmalal, la que me lo hizo vivir, con toda su fuerza, esa realidad.
En el libro de visitas del Museo Eva Perón de los hoteles Rafael Rivero había escrito GRASIA PERÓN Y EVITA POR CONOSER EL MAR.


Enrique Manson
Julio de 2014

martes, 8 de julio de 2014

Fermín Chávez el matrero del El Pueblito


Hoy próximos a cumplirse 90 años del Natalicio de Fermín Chávez lo recordamos con un texto de Pablo Hernández de su libro "Patria de Escritores"Publicado por la Ediciones Fabro.
Fermín Chavez
El matrero del El Pueblito
“Gracias, Pablo. Yo no me hubiera animado a tanto”.Era en rigor, la frase pronunciada por Fermín Chávez en la calurosa tarde entrerriana, una más de su cotidiana pedagogía de la humildad.
El mérito, si es lo había, era en gran parte suyo. El maestro nacido en El Pueblito en sus libros, en sus conferencias, en las charlas mantenidas en el departamento de la calle Chile y en algunos bares de la Avenida de Mayo o Bernardo de Yrigoyen, era quien me había impartido la lección: en la historia hay que guapear.
Personalmente lo conocí-y el detalle no es menor- cuando en 1977 presentó en la librería Hachette mis Conversaciones con el padre Castellani. El cura-lo reconoció Fermín en crisis- “era para mí el Maestro” y le había enseñado, entre otras, estas cosas: “en el 50 iniciamos una correspondencia de la que conservo textos suyos soberbios. Está él en plena madurez y en ostensible avance. Algunos le critican sus zafadurías y las bromas pesadas al adversario. El argentino quiere ruido, cuentas y abalorios, cuando no manjar de olor fuerte-me dice-.No vaya a creer que aprecio mucho mi poder de hacer ruido. Lo desprecio, pero sé que aquí es necesario”.
Chávez, fino entendedor de los mensajes del “díscolo” sacerdote, se entusiasmó en aquel febrero de 1994 cuando en Federal metimos algo de “ruido”.
Durante los días 4,5 y 6 tenía lugar allí, en el escenario Ernesto Montiel, la decimonovena emisión del Festival Nacional del Chamamé del Norte Entrerriano. Julio Cáseres, el prodigioso cantor de Los de Imaguaré que en la noche deleitaría a sus seguidores, fue quien tuvo la idea de organizar durante el día un ciclo de conferencias en la escuela local. No se conformaba con la lucidez de su arte y buscaba el complemento de la razón. Quería que un grupo de escritores en sucesivas charlas intercaladas por la actuación de conjuntos chamameceros del pueblo, explicáramos las causas culturales e históricas que en dicha región habían otorgado un lugar de privilegio a ese género musical. Con esta propuesta continuaba, por otra parte, por el camino elegido mucho años antes y que había sintetizado en un reportaje en 1980: “en la medida que crece la necesidad de la gente joven de expresarse responsablemente, trasciende cada vez más la necesidad de proyectar nuestra identidad y no convertirnos cada día en aculturados. Respetar lo tradicional no significa quedarse a recordar únicamente o a tocar los instrumentos exactamente como lo hacían los músicos de antes. Debemos ser fieles a nuestra realidad porque es así como vamos a comunicarnos con la gente de nuestro tiempo”.
En el disco compacto o sobre el escenario es donde manifestaron, además, su fidelidad a esta propuesta. Supieron Los de Imaguaré, cuando fue necesario, rendir su tributo al pionero Mario Millán Medina que en sus mejores composiciones reflejó paisaje y paisanaje con un humor que a veces hacía recordar al del pintor Florencia Molina Campos. En otros momentos -y con pluma de paí Julián Zini como centro-protagonizaron junto a Teresa Parodi y a Antonio Tarragó Ross el ascenso de una poética chamamecera que, antes de ellos, casi siempre había estado por debajo dela calidad musical del género.
Es en Amarillo, por ejemplo, donde encontramos de la mano a la poesía y a la profundidad; “si asumimos nuestra historia/ y renegamos de aquello/ que fue afrenta y atropello/ nos queda un triple valor:/ la Itatí que nos hermana,/ el mate que es compartir,/ y el chamame que es vivir/ la vida, gracias a Dios¡”.
A la dureza impuesta le responde liberadora, entonces, la memoria de un pasado que se transforma en batallador presente: “nos maniataron de cuerpo y alma/ con la pobreza como un payé.../ para los nietos queda la historia,/ la Itatí, el mate y el chamamé”.
El mismo Zini, pero en Soy Región, fue el que explicó que, “chamame adentro, soy Federal”. Y allí en Federal, en la escuela provincial número 44 disonantemente llamada Domingo Faustino Sarmiento, convocados por la fama de Julio Cáseres y Fermín Chávez y mientras el mate circulaba entre los presentes, además de los nombrados dieron su charla los poetas locales Víctor Seri y Roberto Romani, los historiadores correntinos Miguel Angel Barrios y Salvado Cabral y quien esto escribe llegado desde la provincia de Buenos Aires.
Fue en la peña El rincón de los amigos, en un almuerzo en donde el asado con cuero competía con los fideos con vizcacha en la preferencia de los presentes, que Julio lanzó una segunda propuesta. Era de fondo, aunque para un público necesariamente limitado, cada una de las exposiciones que en el colegio dábamos los escritores. Fue una carilla, en cambio, la que nos requirió para leer a la noche, desde el escenario, teniendo como telón distintos fragmentos de chamamés clásicos que interpretaría su conjunto ante diez mil personas que colmarían el festival.
Finalizado el almuerzo- y sin abandonar los vasos de vinos tinto- los presentes nos dirigimos a una pieza continua para encarar la tarea aunque yo, por ser periodista, fui elegido para sentarme frente a la desvencijada máquina de escribir que nos sacaría del apuro. Conviene transcribir, desde luego, algunos párrafos del contundente documento final. En él declarábamos que “la filiación de nuestro particularismo cultural y la necesaria apertura a otros modos de ser, es el camino genuino de aporte a la cultura universal” y “en tal sentido, como integrantes del pueblo latinoamericano de tradición cristiana, afirmamos los valores de solidaridad, de fraternidad, sentido festivo y de pertenencia y búsqueda de lo trascendente”. Por ello “invitamos, entonces, a nuestros gobernantes, intelectuales, artistas, educadores, comunicadores sociales, y al pueblo en general, a unirnos en la tarea de dar respuestas al mundo del presente desde nuestros orígenes culturales. Para ello, consideramos necesario sostener y recrear aquello espacios donde vienen siendo posibles nuestras manifestaciones culturales, creando, a la vez, nuevos ámbitos para el desarrollo integral de nuestro modo de ser”.
El párrafo siguiente plasmaba la inquietud de Julio Cásares que todos compartíamos:”sostenemos, en tal sentido, la necesidad de convivencia del hecho cultural y la reflexión que tal actividad genera”. El final aunque prudente, optaba por la esperanza: “con la humildad del que sugiere, y con el orgullo de sentirnos protagonistas de este tiempo histórico de integración, levantamos la bandera de la unidad y esperanza junto al hondo latir musical de nuestro pueblo para regar el sueño de nuestros mayores, confiados en la venturosa aurora de nuestros hijos”.
El texto, de elaboración y redacción colectiva fue firmado en el siguiente orden: Julio Cáseres(Corrientes), Fermín Chávez (Entre Ríos), Pablo Hernández (Buenos Aires), Víctor Seri (Entre Ríos), Polo Nuñez (Formosa), Colón Rivero (Entre Ríos), Jorge Esteban López (Entre Ríos )y Salvador Cabral, Elida Vigo y Miguel Barrios por Misiones, provincia donde se desempeñaban, aunque los dos nombrados eran correntinos y Elida Sanjuanina. El aplauso que coronó la lectura fue estruendoso y la modulación de Julio Cásares que supo dar tono poético a la declarativa prosa, sumado al vigoroso respaldo musical de Los de Imaguaré, tuvieron mucho que ver, nos parece, con la reacción del público. No está de más recalcar, sin embargo, que una propuesta político cultural como la presentada fue masivamente respaldada por un público que entiende lo propio en su dimensión profunda y universal, tan lejos del chauvinismo tradicionalista como de la frivolidad mediática que apabulla desde la pantalla, el micrófono y el papel.
Un detalle del documento que hemos obviado hasta ahora es, precisamente, el que conmovió a Fermín. Ya estaba el texto definitivo redactado, faltando sólo pasarlo en limpio, cuando surgió la necesidad de ponerle un título. Fue entonces cuando dije, sereno, “como estamos en Entre Ríos, no estaría mal ponerle Pronunciamiento Federal”.El ”gracias, Pablo. Yo no me hubiera animado a tanto” que inmediatamente surgió de la boca de Chávez clausuró cualquier posibilidad de polémica e inmediatamente fue aprobado por los firmantes.
El “ruido” que según Castellani es apetecido por los argentinos, había estallado en la noche Federal siendo bien recibido por el pueblo que premió con su aplauso a quienes se animaban a instalar un debate que no se detenía en lo musical sino que reclamaba espacios para la profundización y el desarrollo de la identidad cultural. En este aspecto había coincidido, por supuesto, los redactores. No estoy tan seguro, sin embargo, de que todos fueran conscientes de que con el título estábamos metiendo “ruido” también dentro del revisionismo histórico. Éramos todos en mayor o en menor grado, admiradores de don Juan Manuel de Rosas y algunos, al menos, de su soberana postura frente a la intervención anglo-francesa de 1845. Pero el “pronunciamiento” del título era también un homenaje indirecto que calaba hondo en los matices del revisionismo y en las visiones historiográficas de los entrerrianos. De esta provincia eran, está claro, el Supremo Pancho Ramírez y Ricardo López Jordán. No menos entrerriano era también, sin embargo, don Justo José de Urquiza, el vencedor de Casero aunque sería inexacto y mentiroso limitar su acción a ese punto. Urquiza había sido un federal severo que en Pago Largo, por ejemplo, había hecho sentir su rigor a los correntinos de Berón de Astrada. Eran gauchos urquicistas, por otra parte, no poco de los combatientes de la Vuelta de Obligado, Antonio Rivero entre ellos, un sargento de Patricios que por edad y por lugar de nacimiento podría ser el mismo gaucho que combatió a los ingleses en las Islas Malvinas, tal como lo insinuó Fermín en una nota escrita durante el conflicto de 1982. Pero fue Chávez, además, el que rescató en 1976 en un Cuaderno de Crisis a los escritores de la Confederación cuando está tenía su capital en Paraná y Buenos Aires se había voluntariamente segregado de la patria. Es Fermín Chávez, por otra parte, quien en 1956, en los días que la Revolución Libertadora implantaba el terror en la Argentina, el que escribió un párrafo contundente y definitorio:
“en su nota interior más profunda, las crisis argentinas son ontológicas, luego morales y después políticas y económicas. Las subestructuras que sostienen a partir de Pavón nuestra República Mercantil tienen el aliento del racionalismo unitario”.
Es en Pavón y no en Caseros, según se deduce de lo citado, nuestra mayor derrota interna, al menos, hasta la de 1955. Que ambos hechos están combinados lo muestra además la circunstancia que el último de los párrafos citados forma parte de Civilización y barbarie en la historia de la cultura argentina, el libro que publica para combatir a quienes se habían encaramado en el poder luego del golpe de estado del 16 de septiembre de 1955 que derrocara al presidente Juan Domingo Perón y junto con él a la democracia.
En el 2004, coherente, Fermín Chavez, seguía metiendo “ruido”: “así como Carlos Marx fue un matrero de la cultura, lo fue también este Johann Gottfried Herder, guapo ante la teología iluminista a la que refutó”. Fermín, también guapo, insiste con su heterodoxia nacional:”a mediados de la década de 1830 Esteban Echeverría trajo de Francia obras de Jean Luis Eugené Leminier, por quien pudo conocer a Juan Bautista Alberdi a Friedrich K. Von Savigny y a Herder.Desde entonces esté no les faltó a los argentinos, hasta el presente”.Luego en 1837 “muchos herderianos”-son sus palabras- posibilitan una interesante lista:”Marcos Sastre, Félix Frías, Juan Llerena, Manuel A. Sáez, José Hernández, Carlos O. Bunge, Ernesto Quesada, José Gabriel, Rodolfo M. Agoglia, Jorge H. Zucchi, Rafael Carrizo, Eugenio Pucciarelli, Saúl A. Taborda, René Orsi y participantes del Primer Congreso de Filosofía, en 1949”.
De aquel encuentro Federal me quedó también de Fermín la dedicatoria manuscrita que estampó en un ejemplar de su antología Aquí me pongo a cantar: “a Pablo Hernández, recuerdo cordial y el homenaje desde el alma”. Otra enseñanza aún más definitiva- incluida en Porque esto tiene otra llave-es, no obstante, la que más presente tengo en éste y otros momentos. El la escribió en 1979. Es en el 2011, en cambio, cuando yo se la robo y se la aplico:”Ahora que sus huesos están quietos, como diría Séneca, después de tanta milicia docente y tanto devenir impune, me doy cuenta, pensando en él, cuán tamaña es la verdad pronunciada por el griego que dijo:'la muerte jamás pone fin a ninguna existencia'. Y el griego era Empédocles, uno a quien Fermín Chávez mucho quería”.


Fuentes

Cásares, Julio; en Piñeyro, Enrique; Pe Henducero, 20 años de canto Imaguaré; Camino Real; 1997.
Chávez Fermín; Aquí me pongo a cantar, Pueblo Entero; 1994.
Civilización y barbarie en la historia de la cultura argentina; Theoría: 1965.
Herder, el alemán matrero; Nueva Generación; 2004.
Profeta de una patria carnal; Crisis; mayo de 1976.
Porque esto tiene otra llave; Pueblo Entero; 2000.
Pronunciamiento Federal; Peña El Rincón de los Amigos; Federal; 5 de febrero de 1994.
Zini, Julián: El árbol de nuestra identidad; Patria Grande; 2005.




viernes, 4 de julio de 2014

Plenario de Miembros del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano "Manuel Dorrego"


Compartimos la fotografía del Plenario de Miembros realizado el día jueves 3 de junio en el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano "Manuel Dorrego", en la sede de calle Rodríguez Peña 365 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, para tratar temas inherentes al funcionamiento y futuras actividades.

miércoles, 2 de julio de 2014

RECORDANDO A PEPE ROSA





Por Enrique Manson
"La crisis de los años 30 –la década infame- alentó por reacción el cuestionamiento de las  certezas en que había creído la sociedad argentina.

Uno de esos cuestionamientos fue el de la versión académica de la Historia. Se trataba de revisarla de ahí la denominación de Revisionismo para la escuela que lo planteaba y de verla con ojos que miraban desde la Argentina.
 
José María Rosa fue, desde el primer momento, uno de los más nítidos representantes de la nueva escuela.

Pero sería el paso de la experiencia peronista y su propio compromiso personal, que lo llevó al riesgo de ser fusilado y a la realidad del exilio en el Uruguay y en España, lo que completaría la formación que lo convirtió en los 60 y los 70 en el referente histórico de dos generaciones.
 
Hasta el fin de sus días, el Maestro continuó entregándose en cuerpo y alma a la causa de la felicidad del pueblo y la independencia de la Patria.
 
Así, ya viejo, no vaciló en los aciagos días del llamado Proceso en dirigir una revista de oposición cuya lectura esperaban regularmente muchos que luchaban contra el desaliento que imponía el discurso único y la certeza de las mazmorras ocultas.
 
La dictadura terminó. Pepe Rosa se murió, y en los nuevos tiempos fue borrado de la memoria mientras se consolidaba una renovada versión de la visión dogmática de la Historia, signada por el no compromiso y la resignación que se había instalado también en los círculos políticos.
 
Desde la cátedra que dictamos en institutos de formación docente hemos podido comprobar, mediante encuestas improvisadas e informales, hasta qué punto los estudiantes de Historia desconocían su nombre, y qué decir de su obra.
 
Desde 1979, cuando Pablo Hernández publicó sus Conversaciones, nada se ha escrito con referencia a Pepe Rosa, fuera de artículos circunstanciales o menciones al pasar en diversas obras.
 
Creemos que ha llegado el momento de recordarlo como primer paso a lo que debe ser una relectura de su obra.
 
Con rigor científico pero, sobre todo con ojos nacionales.
 
Con ello intentamos hincar el pago de una deuda de honor que los argentinos tenemos con quien ha sido sin nuestro historiador; el Historiador del Pueblo".

Texto extraído de Nac & Pop.
 

martes, 1 de julio de 2014

1º de julio Día del Historiador en Argentina


Con lo que nos gusta celebrar y además de uno de nuestros gremios más queridos.
Adjuntamos el texto de la Ley en que se declara el 1º de julio como día del historiador/a.
Hoy 1 de julio es el día del Historiador en Argentina:
En marzo de 2002, el Congreso de la Nación declaró el 1 de julio como día del historiador, con el fin de homenajear el esfuerzo que escritores, investigadores, profesores y aficionados realizan para el estudio, difusión y análisis de los acontecimientos del pasado.
La fecha remite al día en que el Primer Triunvirato ordenó, a través de un decreto de 1812, asentar por escrito los acontecimientos de la Revolución de Mayo, con la finalidad de “perpetuar la memoria de los héroes y las virtudes de los hijos de América del Sud, y a la época gloriosa de nuestra independencia civil”. La tarea recaería en el Deán Gregorio Funes, quien a partir de la documentación recuperada redactó el “Ensayo de la historia civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán”.
CONMEMORACIONES
Ley 25.566 
Declárese Día del Historiador el 1º de julio de cada año.
Sancionada: Marzo 14 de 2002.
Promulgada: Abril 4 de 2002.
El Senado y Cámara de Diputados de la Nación Argentina reunidos en Congreso, etc. sancionan con fuerza de Ley:
ARTICULO 1º — Declarar Día del Historiador el 1º de julio de cada año a los efectos de recordar y homenajear el esfuerzo que han realizado y realizan los escritores, investigadores, profesores y aficionados dedicados al estudio, propalación y análisis de los acontecimientos de carácter histórico.
ARTICULO 2º — Comuníquese al Poder Ejecutivo.
DADA EN LA SALA DE SESIONES DEL CONGRESO ARGENTINO, EN BUENOS AIRES, A LOS CATORCE DÍAS DEL MES DE MARZO DEL AÑO DOS MIL DOS.
— REGISTRADA BAJO EL Nº 25.566 —

lunes, 30 de junio de 2014

Una triste despedida

Una triste despedida

Año 7. Edición número 319. Domingo 29 de Junio de 2014
Por 
 Enrique Manson. Miembro de Número del Instituto Nacional Manuel Dorrego
Habíamos pasado la mañana reunidos viviendo un velorio anticipado. No sólo estábamos ante el fin de la vida de un Grande, del más Grande. Era el derrumbe de una gran ilusión. La mayoría estábamos un poco pasados de edad para considerarnos JP, y habíamos vivido el primer peronismo siendo chicos, y aunque parte de los únicos privilegiados, nuestro protagonismo había sido secundario.
Además, por pertenencia de clase, ninguno, o casi ninguno, le debía a Evita sus primeros zapatos, ni había conocido el mar por los planes sociales.
Lo que se perdía era nuestra oportunidad de ser protagonistas de la Historia Grande de la Patria. Ya desde el 20 de junio en Ezeiza esa oportunidad tambaleaba. No sabíamos que décadas después vendrían otras, pero la que se nos escapaba era ésa. La que todavía creíamos posible ese 1º de julio.
A mediodía, en la esquina de Chacabuco y Belgrano, un compañero funcionario que tenía informaciones frescas nos confirmó lo que era inevitable aunque no lo quisiéramos creer. ¡Se murió!
Nos juntamos en velorio privado en nuestro cubil político, y salimos de apuro a comprar una bandera, que en nuestra improvisada organización no teníamos. Intuíamos tiempos terribles. Y esos tiempos llegaron.
Hoy, soñando de nuevo, y con motivos para ilusionarnos, porque hemos visto en los últimos diez años cosas que suponíamos que no llegaríamos a ver, recordamos aquel momento negro de nuestra Historia como Nación y de nuestra Historia personal.
Alguna vez, gente que se definía por su amor a la Libertad y la Democracia se había propuesto borrarlo de la memoria argentina. Sin embargo, hoy, la juventud canta, con poco respeto por la gramática pero con elocuencia, Ya de bebé, en mi casa hay una foto de Perón en la cocina.
Por décadas, las fotos estuvieron en cocinas y comedores de muchas casas. Pese al bando que amenazaba con cárcel y multa a quien violara la prohibición de imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas y obras artísticas. No se permitían fotografías o esculturas de funcionarios peronistas o sus familiares, el nombre propio del presidente depuesto, las expresiones peronismo, peronista, justicialismo, justicialista, la abreviatura P.P.
Perón no fue solamente el conductor, ¡por diecisiete años y a quince mil kilómetros de distancia! Era el símbolo, el mito, el elemento ritual que unía y guiaba a los peronistas por el interminable cruce del Sinaí de la proscripción y la persecución, hasta la tierra prometida del Retorno. Sin que faltaran becerros de oro que adorar y falsos sacerdotes que los esculpieran.
El Régimen ensayó una y mil formas de impedirlo y terminar hasta con el recuerdo de la Segunda Tiranía.
Pero volvió, y fue presidente por tercera vez.
Lo fue durante una profunda crisis interna y otra no menos grave en lo internacional. La multiplicación del precio del petróleo y la inestabilidad económica y política mundial, acompañaron la crisis interna, entre los que Perón llamó apresurados y retardatarios.
El 1° de mayo, durante la fiesta de los trabajadores, el conflicto estalló. Jóvenes cercanos a Montoneros silbaron a Isabel Perón y exigieron cambios. El General respondió indignado, llamándolos estúpidos e imberbes.
No había pasado un mes y medio, cuando volvió a convocar a la Plaza. Había anunciado que de no contar con apoyos para enfrentar a la crisis, abandonaría la empresa en que había comprometido lo que le quedaba de vida. Frente a la multitud, que esta vez no se encuadraba en organizaciones, sino que la formaban argentinos y peronistas preocupados, pronunció su último discurso desde el balcón.
Agradeció la presencia del pueblo que respondía a su convocatoria. En la Plaza movíamos los brazos como aspas para decir que no había nada que agradecer. Que nosotros recibíamos el regalo de su confianza.
Tal vez ya era tarde. Por la gravedad de su salud y lo avanzado de la crisis, imposible de encauzar sin su presencia.
Pero, como dice la juventud –cada nueva generación que se suma con el tiempo–: A pesar de las bombas, de los fusilamientos –los ya sufridos y los que vendrían en los años que siguieron–, los compañeros muertos, los desaparecidos. No nos habían vencido. Pocos días después, el 1ª de julio, el Líder nos dejaba.
Pero habíamos recibido, en esa Plaza de la Historia, de entonces y de hoy, una despedida que era la convocatoria, que hoy asumimos:
Llevo en mis oídos la más maravillosa música que es, para mí, la palabra del Pueblo Argentino.



Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego www: institutonacionalmanueldorrego.com - Dirección: Rodríguez Peña 356. CP: 1220 CABA Argentina - Teléfono: 54 11 4371 6226. Las opiniones vertidas en este suplemento corren por cuenta de sus autores y están abiertas al debate. Mail:contactos@institutodorrego.gob.ar - contactos.institutodorrego@gmail.com

jueves, 26 de junio de 2014

José Alsina: un historiador formoseño

Por Pablo José Hernández

“Dios esta en todas partes, pero atiende en Buenos Aires”.La chanza, lugar común en los debates norteños, no deja de ser parte de una conflictiva realidad. El centralismo, pese a todos los esfuerzos en contrario, no cede con facilidad sus espacios. José Alsina, aunque nacido en Catamarca, supo indagar en la realidad formoseña con seriedad historiográfica y desde el pensamiento nacional. La siguiente es una breve síntesis de su vida y de su obra. Esta incluida en libro Formosa en sus escritores que la editorial Boquerón publicara en el 2005. Vale la pena conocer producciones como la de Alsina que desde lo más profundo rescatan valores que engrandecen nuestra patria.

Cuenta la leyenda que cierta vez, al ser sorprendido en la redacción de uno de sus libros, el General Bartolomé Mitre fue interpelado críticamente. El autor del San Martín y del Belgrano, con más verdad que ironía, respondió que se estaba ocupando del futuro. En el siglo siguiente al de la anécdota, en efecto, los nuevos investigadores que no compartían su punto de vista debían de todas formas, para expresar la nueva versión, rectificar las aseveraciones de los dos volúmenes citados.
Mitre, previsor, se había quedado con el centro de la escena.
José Alsina, en Formosa, tuvo en claro el valor de esa disciplina y sus diversas concomitancias, dejando a su temprana muerte en una serie de libros fundamentales para la historiografía provincial y de consulta recomendable para quienes pretenden entender la Argentina en su totalidad.
Había nacido en San Fernando del Valle de Catamarca el 17 de abril 1954 y muy joven aún descubrirá dos facetas de su vocación que impregnaran su trayectoria: “al terminar la escuela secundaria, tuve la suerte de iniciar en la universidad, la carrera del profesorado en historia. A los pocos meses de esto, ingreso como archivero en el centenario y católico diario La Unión, de Catamarca. Allí solo trabajé unos pocos meses, ya que la crisis económica en 1974, otra de las tantas, provocó el despido de los empleados más nuevos”.
Alsina, sin embargo, supo sacarle jugo a las experiencias vividas en un periodo tan corto pero intenso: “ en ese tiempo pude aprender algunas cosas de archivalia que me dejaron hermosas y profundas enseñanzas, las que me permitieron entender y valorar elevadamente, en mis jóvenes años, la importancia, el sentido, la necesidad de preservar a través del tiempo los testimonios generacionales de los hombres”
En 1979 se encuentra ya en Formosa y es en Riacho He Hé, en la escuela provincial de nivel medio, en donde inicia su labor docente. No sólo el nombre actual- Republica de Italia- sino el edificio tiene que ver con su dedicación. A propuesta suya así se llamo el colegio, con los fondos que recaudo cosechando algodón junto a sus alumnos pudieron levantarse las paredes del nuevo edificio.
En 1982, al ser ascendido a vicedirector del Nivel Medio,es trasladado a Palo Santo, el “industrioso pueblo maderero” ubicado en el departamento de Pirané, a 139 Kilómetros de la capital provincial. Desde el año anterior, y hasta 1986,, dicto también introducción a la historia de la historiografía en la Asociación protectora de la educación Carlos Cleto Castañeda. En la Universidad Nacional de Formosa, en tanto, fue primero jefe de trabajos prácticos en la cátedra libre seminario de historia regional y, desde 1991, jefe de trabajos prácticos de Historia de España y en Historia Medieval, siendo en la ultima también profesor adjunto. En la dedicatoria de uno de sus libros está la síntesis del cariño y el espíritu con el que encaro la docencia: “a los estudiantes de esta tierra de quienes tanto aprendí”.
En 1990, el año en que ganara en Laguna Blanca el primer premio en un concurso de cuentos cortos, le editan también el primer libro. Lo hace la editorial Ancasti de Catamarca y se llama Historia de un pionero de la industria textil. La vida y la obra del ingeniero José Alsina Alcobert, su abuelo, son las reseñadas en el trabajo. El docente, en tanto, le edita en 1991 y en 1993, respectivamente, dos textos básicos para la bibliografía lugareña: Reseña histórica de Palo Santo y Reseña histórica de Pirané.
Formosa: su toponimia, su nomenclatura, impreso en 1995 por Rincón de Arandú, marca un mito que merece ser analizado detenidamente.
El tema, el “estudio del origen y significación de los nombres propios del lugar”, está muy lejos de ser menor. Así lo entiende Alsina, por de pronto, al recurrir a la cita del lingüista Gastón París: “nada más poderoso, más interesante, y o diría también más emotivo, que esos nombres que reflejan quizás la primera impresión que nuestra patria, la tierra donde vivimos y que amamos, con sus formas salvajes y graciosas, sus colores y sus vegetales, produjeron sobre los ojos y el alma de los hombres que la habitaron, y que se han dormido antes que nosotros, sus descendientes”.
Arturo Jauretche, en Política nacional y revisionismo histórico, en su clásico estilo, mete a la vez el cuchillo hasta el caracú explicando que la Argentina “se borró el nombre original de los lugares y al sustituirlo se rompió la conexión con el hecho histórico allí ocurrido”. Tal conducta, agrega, no era casual: “la toponimia a sido alterada para que el paisaje geográfico no coincida con el paisaje histórico, contribuyendo a esa sensación de irrealidad, de cosa estratosférica y sin contacto siquiera telúrico entre el pasado y el presente, que se caracteriza la historia que se enseña a nuestros escolares ”.
Valorizada pues, en toda su intensidad, esta ciencia, conviene ahondar en el peculiar caso formoseño pues se diferencia de las otras latitudes argentinas. La ley 422, promulgada en 1984, es la marca esa excepcionalidad puesto que posibilitó corregir futuros errores sucesivos al permitir que cada lugar “recuperara su designación primigenia” pudiéndose comprobar, entre otras cosas, quienes dieron cada nombre, “si fueron los tobas o los pilagás, los guaraníes primero o los paraguayos después, si se originó en salteños, chaqueños-salteños, chaqueños, santiagueños o correntinos ”.
El libro Alsina, además de responder a esos interrogantes particulares aclara también el significado de ciertos genéricos comarcales no siempre bien entendidos en las ciudades, tal el caso de isla,”el lugar descampado en que emerge un un monte”,bolsón,”una reducida pampa rodeada de elevados montes” o playas, los espacios “abiertos en el monte para almacenar los rollizos de quebrachos colorados, desde donde se llevaban a las vías del ferrocarril por medio de bueyes que tiraban a los llamados carros tobas”.
Algunos datos biográficos, por otra parte, ayudan a conocer quienes eran personajes como los ingenieros Enrique Faure y Guillermo Nicasio Juarez, ligados a los orígenes de la línea ferrea, o el colega de aquellos Pedro Enrique Ibarreta muerto “en el estero Patiño en forma violenta en manos aborígenes”, o el “sacerdote jesuita Gabriel Patiño” uno de los primeros en intentar, allá por 1721, la navegación del Pilcomayo.
El carácter vigoroso de la integración con los países vecinos, a la vez, queda demostrado en más de una oportunidad al brindarnos el autor los porcentajes elevados de paraguayos que vivían en algunos parejes, recordándonos además que “entre 1987 y 1848, el gobierno paraguayo estableció cuatro puestos de vigilancia en el actual territorio formoseño, en una zona comprendida entre la hoy Formosa y Clorinda”.
Es la Universidad Nacional de Formosa, en tanto, la que le edita “Diarios y Periódicos formoseños 1875-1996”, un libro esencial que rescata la historia y el contenido de las publicaciones formoseñas reproduciendo incluso en forma facsimilar la tapa o página inicial del valioso material rescatado en “ese ir” “encontrando”,”hallando”,”descubriendo, un material periodístico solo mencionado en ocasiones por algún especialista”.
La muestra se inicia en el Chaco, publicación 1875, anterior incluso a la fundación oficial de Formosa, y no desdeña las expresiones partidarias tanto en los formatos tradicionales como en los improvisados:”es interesante-dice Alsina- la circunstancia que en el largo devenir histórico de Formosa, hayan existido como formas de expresión, de comunicación y de concientización, en especial en los sectores más postergados de nuestra sociedad, las 'hojas sueltas', 'panfletos','proclamas' y 'manifiestos' que van desde algunos marxistas, troskistas o anarquistas de la década del '30, pasando por los nacionalistas de la Alianza Libertadora Nacionalista, hasta los volantes de la resistencia peronista a partir de septiembre del '55.
Párrafo especial merecen, por supuesto, los clásicos de Silvio Argentino Godoy, EL Nacional de 1930 y el Diario La voz popular que apareció entre 1930 y 1955, y el órgano decano de Formosa, La mañana, que apareció por primera vez el 4 de septiembre de 1961 y que desde 1962 estuvo bajo la conducción del salteño Enrique H. Read primero y de su hijo después, estableciendo una trayectoria no solo valiosa en la continuidad sino en la calidad informativa y reflexiva del matutino.
El ferrocarril Formosa-Embarcación entre 1905 y 1931, editado por Rincón del Arandú en abril del 2000, estudia no solo el tema de referencia sino que, en cierta forma, penetra en lo más hondo del espíritu con que se fue construyendo la provincia. Valen en este aspecto, las agudas palabras introductorias de Julio Florentino Gorleri: “Formosa fue fruto del sacrificio y empuje de su gente, sumados a la colaboración de extranjeros y pueblos vecinos. Basta leer en las páginas de este libro la obra ciclópea del ramal ferroviario. En su trazado y para dominar pantanos, como para afrontar calores, alimañas y pestes, ofrendó vidas, desparramó inválidos y extenuó esfuerzos entre hachas, machetes, palas de buey y durmientes, sin ubicarse en zaga de obras colosales-pirámedes, canales y otras maravillas de la ingeniería occidental- en cuanto a la precariedad de las herramientas y el agotamiento del músculo”.
Para demostrar la inexistencia de exageración en lo transcrito valgan solo dos ejemplos puntuales. Tiene que ver, el primero, con los trabajos realizados desde Embarcación en 1929:”la tierra fue trabajada en un 80 por ciento, únicamente con palas de mano, si bien la tierra era algo dura, por lo que hubo que empelar además picos en los terrenos bañados”. El segundo se refiere a obras del '28 y el '29 de Las Lomitas hacia el oeste:”se limpian, en promedio, 6,12 kilómetros por mes. Esto se hace trabajando a mano, pala, machete y picos por parte de aborígenes, pues el personal europeo prefería otros trabajos”. Sirva lo dicho, además para desvirtuar el remanido prejuicio acerca de la indolencia del indio.
Una huelga-que no fue la única- acontecida en 1909, habla tanto de la decisión de los trabajadores por hacerse respetar como de la equidad, por cierto nada común en aquellos años, de las autoridades formoseñas. Ante una solicitud presentada el 8 de abril por el ingeniero Faure, el gobernador Amado Artaza responde en forma ejemplar pues se escusa de intervenir mientras “se mantengan en el terreno de una resistencia pacífica, con el objeto confesado y perfectamente legal de obtener mayores jornales o menores horas de trabajo”, aclarando que “el único caso en que la autoridad civil a mi cargo podría y debería intervenir, sería el caso en que la propaganda o la huelga se tornaran agresivas, lo que no ha sucedido hasta el momento, siéndome grato dejar constancia de que los jornaleros que ayer acudieron a la gobernación a exponer sus pretensiones, lo hicieron en forma correctísima”.

Alsina, con modestia excesiva, concluye que su libro “es solo una síntesis, superficial casi, de lo realizado por varios pioneros de Formosa de la década del veinte e inicios de los años treinta”, aclarando que lo que continua es una etapa nueva caracterizada, entre otros factores, por “el creciente desarrollo algodonero, el incremento de la explotación quebrachera y la industrialización de tanino” que sería “el comienzo de una nueva historia”.

El volumen Formosa en cuentos, ensayos e historias que El Docente había publicado en 1999, además de rescatar buena parte de su obra periodística (escribió en La mañana y en El Comercial entre muchas otras publicaciones) completa su biografía pero no su trajinar.

Es primordial decir al recordarlo que fue una propuesta y un proyecto suyo ese Archivo Histórico de Formosa, creado en 1994, del que fue nombrado director organizador y en el que permaneció laborando hasta un día antes de aquel sábado 28 de septiembre 2002 en que lo encontrara la muerte.

Es fundamental también, porque él así lo sentía y lo incluía en el perfil biográfico con que acompañaba sus libros, señalar que estaba casado con la docente Iris Torres con el que habían tenido cinco hijos: Inti Rafael, Iris Anahí, Mariano Luis, Santiago Bernabé y Rosa María.

Es obligación remarcar por último, desde la más lacónica objetividad, que José Alsina no solo escribió historia. A su manera y en su medida también la hizo.


Alsina José:

Diarios y periódicos formoseños 1875-1996; Universidad Nacional de Formosa; 1996.

El ferrocarril Formosa-Embarcación 190-1931; Rincón del Arandú; 2000.

Formosa: su toponimia, su nomenclatura; Rincón Arandú; 1995.

-El comercial; Formosa; 29 de septiembre del 2002.

-Jauretche, Arturo; Política nacional y revisionismo histórico; Peña Lillo; 1970.





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