lunes, 6 de octubre de 2014

DE GAULLE EN ARGENTINA. 50 AÑOS DE COOPERACIÓN FRANCO-ARGENTINA

 Con motivo de cumplirse este año el 50 aniversario de la histórica visita que realizara el ex Presidente de Francia Charles de Gaulle a la Argentina, fue inaugurada el pasado 2 de octubre, en el Palacio San Martín, la muestra de fotos y videos “De Gaulle en Argentina, 50 años de Cooperación Franco-Argentina”.
El canciller argentino Héctor Timerman, junto al embajador de Francia, Jean Michel Casa, inauguró la expo.
“Hoy festejamos los 50 años de esa visita que fue un hito para la Argentina y para toda América Latina. Recibimos a uno de los íconos de la lucha contra el fascismo. Pero, además, durante esa visita se firmó el Convenio de Cooperación Cultural, Científica y Técnica aquel 3 de octubre de 1964. A su vez, ese convenio enmarca una tarea que hasta hoy continúa con acciones de gran importancia como el relevante intercambio de investigadores y científicos”, afirmó el Canciller argentino.
Por su parte, el embajador Casa sostuvo que “desde la restauración de la democracia en 1983, la relación entre nuestros países ha sido siempre excelente y de gran calidad. Después de Charles de Gaulle, muchas visitas del más alto de nivel han acompañado nuestros intercambios. Podemos evocar la visita oficial a Francia del Presidente Raúl Alfonsín en 1985, la del Presidente Mitterrand a la Argentina en 1987, o la de Jacques Chirac, en el ‘97, hasta las visitas oficiales de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner en 2008, 2011, y más recientemente, en marzo de este año, para inaugurar el salón del libro de Paris, donde la Argentina fue Invitada de Honor".

Nuestro Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano "Manuel Dorrego" fue invitado a la actividad. Estuvieron presentes Luis Launay (Presidente) y los historiadores y miembros de la misma institución Enrique Manson y Julio Fernández Baraibar.
La muestra está abierta hasta el 12 de octubre, en el horario de 11 a 18 horas. La entrada es libre y gratuita.















Extraído de la pagina oficial del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Mnauel Dorrego

Argentina-EEUU: una relación no siempre carnal-1°Encuentro

 Se llevó a cabo el primer encuentro del curso Argentina EE UU, una relación no siempre carnal.El mismo se desarrollará durante los cuatro viernes del mes de octubre, en el horario de 18:00 a 20:00 hs, comenzando el viernes 3 y finalizando el viernes 24 de octubre. Los talleres forman parte de una nueva modalidad de trabajo, destinada a generar un intercambio dinámico entre los/as participantes y coordinadores, con el objetivo de profundizar las temáticas a tratar. Cupo máximo: 30 personas.
La inscripción es libre y gratuita y usted podrá inscribirse virtualmente a la propuesta que le interese a través de la página web, llenando el formulario de datos. También lo podrá hacerla vía telefónica al 011-43716226; por correo electrónico a seminariodorrego@gmail.com o personalmente en la sede del Instituto, sita en Rodríguez Peña 365.
Argentina-EEUU: una relación no siempre carnal
El Viernes 3 de Octubre se desarrollaron los primeros ejes de la temática: Dos jóvenes estados; Los políticos españoles y la amenaza norteamericana. La doctrina Monroe. La deglución de medio continente. El triunfo de los industrialistas. Política de Washington en la Argentina. El Tratado Argentino-Británico de 1825. El atropello de la Lexington.


“EL REVISIONISMO HIZO CONOCER NUESTRO PASADO DESDE UNA MIRADA NACIONAL Y POPULAR"

Entrevista a Enrique Manson.
Enrique Manson es profesor de Historia, y ha trabajado como docente y director en escuelas secundarias, en formación docente y en educación de adultos.

Fue funcionario de Educación en la Provincia de Buenos Aires y en el ministerio nacional, y profesor de varias universidades. Paralelamente, militó en el PJ, e integró la Comisión Organizadora del Primer Congreso Nacional de Cultura y Educación del Justicialismo, realizado en Buenos Aires en 1983.

Ha publicado Argentina en el mundo del siglo XX, y con Fermín Chávez, Juan Carlos Cantoni y Jorge Sulé, los tomos 14 a 21 de la clásica Historia Argentina de José María Rosa. Es autor de biografías de José María Rosa y de Fermín Chávez, y en abril de 2010 presentó Proceso a los argentinos (1976/1981), dentro de la colección Entre Dos Helicópteros (1976/2001), a la cual pertenece Tras su manto de neblinas (1981/1982). En 2013 editó Te la hago corta. Historia Argentina para leer en el colectivo, en el subte...

Conferencista y responsable de programas de radio y televisión, recibió el premio Arturo Jauretche, por labor educativa, en 1977. Es miembro titular y vocal de la Comisión Directiva del Instituto Nacional e Iberoamericano de Revisionismo Histórico “Manuel Dorrego”. En este ámbito es responsable de la Biblioteca y Centro Documental José María Rosa y de la Cátedra Libre José María Rosa de Historia Nacional.

–¿Cómo se produjo su identificación con el revisionismo histórico?

–Llegué a la Historia por la política. Me interesa el pasado como origen del presente y proyección hacia el futuro. Buscaba en el pasado los orígenes de mis propios tiempos. Por eso no era ni soy objetivo, porque esa búsqueda no garantiza objetividad. No nos es indiferente ese pasado que nos afecta y al que indagamos desde nuestra subjetividad. Esto no significa falsear intencionalmente los resultados de la búsqueda. Engañar con la Historia sería caer en un autoengaño.

Mi identificación con el revisionismo no fue casual. Tampoco el resultado de una tarea de investigación científica en estado puro. Me crié en un ambiente politizado. Mi padre adhería al revisionismo histórico y a la militancia nacionalista. La familia de mi madre tenía profundas raíces en el radicalismo yrigoyenista, el peludismo, como lo llamaban con orgullo. Antes de mi nacimiento participaron de las actividades de Forja, y eran lectores de las publicaciones del Instituto Juan Manuel de Rosas.

–¿Conoció a los maestros del revisionismo?

–Tuve ese privilegio. Especialmente con José María Rosa y Fermín Chávez. También conocí, aunque circunstancialmente, a Jorge Abelardo Ramos, del que se cumplieron hace poco 20 años de su fallecimiento, que fue el 2 de octubre de 1994, y al cual le rendiste como hijo y discipulo un merecido homenaje en la presentación del libro, editado por Víctor Santamaría como secretario de Cultura de la CGT, con sus mejores polémicas el viernes pasado en el hotel Bauen.

Volviendo al Pepe, supe de su existencia a los 11 o 12 años. En mi casa era Pepe, aunque no tenían trato personal con él. No era muy conocido. En cierto modo, los rosistas –y los nacionalistas– eran algo parecido a una secta, aun dentro del peronismo. Pero para los míos, Rosa era como de la familia. En ese tiempo leí Nos los representantes, donde descubrí que un libro de Historia podía ser tan apasionante como las novelas de aventuras que leía habitualmente. Siempre que surgieran de la pluma de un Pepe Rosa.

En 1956 o 1957 empecé a leer en la revista Mayoría a Pepe, que publicaba desde el exilio adelantos de  su obra maestra: La caída de Rosas. La misma revista publicó más adelante La verdadera historia de la Guerra del Paraguay, origen de otro de sus libros. En 1959 lo conocí personalmente en un curso de Historia Argentina en el Instituto Rosas. Escucharlo era como una ceremonia religiosa. Yo tenía un profesor de Instrucción Cívica muy conservador, antirrosista y democrático a la curiosa manera de esos años. Su amplitud liberal lo llevó a decirnos que estaba dispuesto a respetar el pensamiento de cualquiera. Hasta de quien fuera comunista. Tras una pausa, como si estuviera por pronunciar una palabrota, agregó: “O peronista”. Era lo usual, en esos tiempos. Mucho más doloroso me resultó que pusiera en duda la honestidad intelectual de mis ídolos. “Yo soy amigo –nos dijo– de Pepe Rosa. Se muestra rosista por esnobismo.” Si hubiera dicho que era ladrón y asesino me hubiera ofendido menos. Naturalmente, no le creí. Y seguí asistiendo a la misa que el maestro celebraba.

–¿Usted colaboró con la obra de José María Rosa?

–El grupo político que integrábamos en los ’70 tenía excelentes relaciones con Alfredo Carballeda, gerente de
Editorial Oriente. Alfredo, que confiaba más que nosotros en nuestro saber histórico, nos había propuesto redactar una adaptación de la Historia Argentina de José María Rosa para el secundario. Como estábamos absorbidos por la vorágine política, no le hicimos caso. Luego del 24 de marzo, nos volvió a llamar. La mayoría de nosotros estaba sin trabajo, y naturalmente esta vez recibimos el ofrecimiento con los brazos abiertos. Así aportamos materiales para los tomos 9 y 10 de la Historia.

Pepe no había sido consultado por la editorial, por lo que no era la mejor manera de iniciar una relación. Sin embargo, nos invitó a visitarlo en su casa de la calle Maipú, donde nos hizo sentir muy bien. Escuchamos infinidad de anécdotas, que repetíamos en todas partes con el orgullo de que nos las había contado el maestro. Por fin, corrigió nuestros textos y los dos tomos se publicaron. Ahí se inició una relación amistosa que nos honraría y nos alegraría hasta los últimos días de su vida.

–¿Conoció a hombres de Forja?

–Por mis ancestros peludistas “conocía” de palabra a Jauretche y Scalabrini y me formé en su devoción. Con el autor de Política Británica inicié una costumbre que puede suponerse necrológica: acompañé a mis padres a la Recoleta para su entierro. En mayo de 1974 estuve en el de Jauretche. Dos meses después estuve en la Plaza de los Dos Congresos para el velorio de Perón (había visto desde un piso alto de Avenida de Mayo el cortejo de Evita), y no falté al regreso de Juan Manuel y al entierro de Pepe Rosa. Y algo tuve que ver en la despedida –en Buenos Aires y en El Pueblito– de Fermín.

Con Don Arturo estuve una sola vez, que duró horas y que me empachó de Jauretche, en noviembre de 1972. Siempre recordaré que me dijo que Perón “desconfía de mí porque supone que soy ambicioso. Y ¿qué puedo ambicionar? ¿Ser presidente? No tengo las fuerzas que hacen falta. ¿Ser ministro o senador?: con ser Jauretche, soy más que eso”. Y no exageraba. Conocí a Darío Alessandro, ex juventud forjista, que seguía definiéndose como juventud peronista en 1983. Y que un año antes nos había convocado a treinta o cuarenta locos a reponer el nombre de Scalabrini Ortiz en la esquina de Canning y Santa Fe, durante la guerra del Atlántico Sur.

–¿Tuvo militancia gremial?

–Durante la dictadura de Onganía integré la conducción del sindicato de la Dirección Impositiva. Tras el golpe yo no estaba en el gremio cuando se llevaron presos a mis compañeros secretario general, adjunto y administrativo. Yo era vocal y no me buscaron en mi casa.

Integré la Asamblea constitutiva de Cetera en septiembre de 1973. Mi representatividad era más que cuestionable, pero podemos decir que eso pasaba con la mitad de los asistentes. El gremio nacional docente, que más adelante se acercaría al movimiento nacional, nació dos semanas antes de que Perón ganara su tercera presidencia. Y –¡oh curiosidad!– realizó la primera huelga nacional contra su gobierno. Huelga que se diluyó después de la convocatoria del 12 de junio a la Plaza.

La alianza liberal-PC que lo promovía, proponía que el nuevo gremio adhiriera “en el momento oportuno” a la entidad general de trabajadores (sólo existía la CGT) que “considerara conveniente”. El segundo bloque –izquierdas varias, más o menos revolucionarias– corrigió la propuesta: “Cuando pareciera oportuno… a la CGT”. Me tocó proponer, por la minoría de las minorías, la adhesión inmediata a la CGT. Desarrollé una importante fundamentación, pero nunca en mi vida sentí físicamente tanta presión. No había amenazas –aunque corrían tiempos de violencia superlativa–, pero tal peso tenía la casi totalidad de los delegados que me aconsejaban retirar la moción que llegué a dudar si no estaría loco. Pero me mantuve en mis trece. Naturalmente, perdí, número más, número menos, 500 a 16.

Me desplomé en mi butaca. La misión –aunque derrotada– estaba cumplida. Me llené de orgullo cuando se me acercó una joven periodista para felicitarme. Juro que compré los tres números siguientes de Voz Proletaria, pero la Cuarta Internacional Posadista no dedicó una línea a mi brillante exposición.

–¿Cómo lo conoció a Fermín Chávez?

–Lo conocí el 20 de noviembre de 1973, cuando pronunció una conferencia a la que lo habíamos invitado sin que nos conociera y a la que asistió con su generosidad de siempre. Fui amigo del último Fermín, del Fermín viejo. Después de ese primer encuentro, lo vi poco. Sería en plena tiranía criminal cuando empecé a participar de una actividad político-intelectual ferminiana: el periódico semiclandestino Pueblo Entero.

Hecho a mimeógrafo y en condiciones precarias tanto para la confección como para la distribución, no le faltaba jerarquía en el nivel de sus plumas. Guglielmino, Ponferrada, Castiñeira de Dios, el mismo Chávez toleraban con generosidad la presencia de quienes nos atrevíamos, casi sin antecedentes, a publicar algún artículo. Eso sí, a la hora de la distribución éramos los jóvenes los que colaborábamos directamente con Fermín haciéndolo llegar, a mano, a los barrios más recónditos y en un clima de conspiración tal vez exagerado. Aunque es cierto que después de publicado el primer número, los compañeros Azerrat y Cantoni fueron expulsados del sistema educativo –se les prohibió el ejercicio de la docencia–, lo que era para pensar que en algo molestábamos. Luego de 1983 lo traté más seguido.

–¿Entonces usted no puede considerarse discípulo de Fermín?

–No tuve por Fermín la admiración casi estudiantil que tenía por Pepe Rosa. La relación fue, guardando las distancias de su profundo conocimiento, más horizontal. Una de las primeras diferencias las tuve cuando Alfonsín convocó al plebiscito para aprobar el acuerdo por el canal Beagle. Yo pensaba en ese momento que había que oponerse. Pepe y Fermín opinaban que había que firmar “¡ya mismo!” Rosa, además, había publicado un breve opúsculo de defensa del acuerdo.

Por esos días lo visité, con poco sentido de la oportunidad, para invitarlo a una actividad que no tenía nada que ver con el plebiscito. Pese a que yo no quería tocar el tema, era imposible que la conversación no derivara hacia la cuestión del momento. Cuando entramos en el tema inexorable, tuve la pretensión de discutir. Era imposible. No había equivalencias deportivas entre los interlocutores, y pese a que don Pepe generalmente me escuchaba con atención, no estaba dispuesto a hacerlo en este caso. Para él, la cuestión estaba artificialmente agitada por los militares a quienes había llegado a detestar en los años del proceso y no habría argumentos que lo hicieran dudar. Con más razón cuando yo no tenía el mejor ánimo para discutir con él, y cuando contaba con el recurso de su sordera para no oír lo que no quería.

Después de un largo rato, pudimos salir del tema. Sobre el final de la visita, le hice un pedido. A pesar de que tenía en mi biblioteca todos sus libros, en ninguno de ellos tenía una dedicatoria personal. Tal vez la conciencia de sus muchos años y de que poco faltaba para que nos dejara definitivamente me llevó a señalárselo y a decirle hasta qué punto lo consideraba mi maestro. La dedicatoria no pudo ser más emotiva: “Al amigo Enrique Manson, que se considera mi alumno, y me honra con serlo”. Claro que el título del libro en que la escribió era El problema del Beagle.

–¿Cómo se inició la continuación de la Historia Argentina, luego de la muerte de José María Rosa?

–A principios de los ’90, Fermín estaba indignado con la traición de Carlos Menem al peronismo. Sólo su sentido del humor lo compensaba en parte, como cuando creó la Agrupación Peronista Juan de Austria, porque este príncipe español había peleado contra los turcos en Lepanto. Además, Tona, su primera mujer, se había muerto tras una agonía dolorosa y prolongada. En ese momento Editorial Oriente lo convocó para continuar la Historia Argentina de José María Rosa. Pepe se había muerto el 2 de julio de 1991 y su obra había quedado en el momento del triunfo de Perón. ¿Quién mejor que Fermín para continuarla? Sin embargo, no se sentía con fuerzas para hacerse cargo de la tarea, y propuso buscar un grupo de colaboradores. Resultamos Jorge Sulé, Juan Carlos Cantoni y yo.

El día de la firma del contrato, lo festejamos con un asado en una parrilla de la zona. Una vez más, Perón –ahora desde la Historia– nos daba de comer. El trabajo fue arduo y prolongado. No fue exactamente una tarea de equipo, y comprobamos que, como pasaba con Rosa, Fermín estaba acostumbrado a trabajar sólo. Por eso, nos repartimos los temas y no fueron las reuniones de trabajo y de puesta en común las más frecuentes.

Tuve a mi cargo el período de la Libertadura y el gobierno de Frondizi. Más adelante trabajé sobre todo en el período más reciente, desde el retorno de Perón hasta la caída de Isabel en 1976. El proyecto había sido escribir tres nuevos tomos, pero sobre la marcha, la editorial consideró más conveniente que fueran cuatro.

–¿Aquí terminó la obra?

–Sin que hubiese ningún compromiso formal quedó la idea de continuar con los períodos que siguieron. Yo le había tomado el gusto y decidí no abandonar. Sin embargo, el entusiasmo de la editorial fue adormeciéndose. Fue al comenzar el siglo cuando renació el interés de Oriente. Afortunadamente, tenía bastante material elaborado. Para esta etapa, la editorial quería que nos hiciéramos cargo solamente Fermín y yo, lo que en realidad era dejarme casi toda la tarea porque Fermín estaba bastante viejito y desganado. Por eso su participación se limitó a una serie de textos ya escritos y publicados, de gran interés sin duda, que se intercalaron en la crónica.

Me pareció de utilidad para meterme en un tema tan reciente, la elaboración de estudios introductorios sobre el marco internacional de fines del siglo XX, la realidad y la distorsión de conceptos como nacionalismo, fascismo, militarismo en la historia argentina, la economía y sociedad posterior a 1955 y la aparición de la juventud como protagonista del período de guerra social que caracterizó a la Argentina de esos años. A medida que avanzaba en el desa­rrollo, este último tema se fue comiendo la mayor parte del primer tomo. En los tomos siguientes -que nuevamente iban a ser tres y terminaron siendo cuatro (18 a 21), desarrollé los tiempos de la tiranía criminal, la guerra del Atlántico Sur y una visión esquemática de la etapa constitucional hasta 2001.

–¿Cómo fue su trabajo en la cátedra universitaria con Chávez?

–La facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora convocó a Fermín Chávez para dictar una cátedra de Historia Argentina. Era un intento de romper la monolítica estructura de la historia oficial. Poner a Fermín al frente de una cátedra era una jugada audaz. No tenía título universitario y a los ojos de alguno de los académicos seguidores de Halperin o Romero era más un folklorista que un historiador, como se llegó a decir en una cátedra de la UBA.

Logramos armar una cátedra de excelencia en lo académico y de muy ajustado funcionamiento en lo organizativo, con un buen equipo de ayudantes y jefes de trabajos prácticos que complementaban las clases teóricas a cargo de Juan Carlos Cantoni y yo. Fermín, el historiador no académico, desarrollaba una clase magistral mensual, con asistencia libre para estudiantes de las distintas carreras de la facultad y para interesados diversos. De esta experiencia surgió mi libro Argentina en el Mundo del Siglo XX.

–¿Es verdad que acompañó a Fermín hasta después de muerto?

–A Fermín lo mató la muerte de su hijo Ricardo. Desde ese terrible accidente empezó su cuenta regresiva. Por entonces solíamos almorzar con él y algunos compañeros en un boliche a dos cuadras de su casa. Un fin de semana se descompuso y, según lo que nos decían los médicos, se dejó morir.

Lo velamos en el salón Juan Perón, ¿dónde, si no?, de la Legislatura porteña. Un tiempo después pudimos llevarlo a su Pueblito natal. El último día demostró como despedida su espíritu matrero. Por un malentendido con el chofer del furgón que llevaba su ataúd, estuvo desaparecido un par de horas en Nogoyá. Ya recuperado, pudimos enterrarlo junto a su capilla de Nuestra señora del Rosario, donde, como dijo un criollo de poncho blanco: “Ahora podrá siestear a la sombra de una tipa.”

–¿Cuáles son sus actividades actuales?

–Ya jubilado de la actividad docente regular hace unos años, estoy dedicado a la divulgación de la versión nacional y popular de nuestra historia, en buena medida desde el Instituto Nacional Manuel Dorrego. Si digo que hace unos años acepto ser llamado historiador es porque estoy desarrollando una producción intelectual que en otros tiempos no podía. Esta se centra en mis trabajos de investigación y publicaciones sobre la Argentina reciente y en el Centro Documental José María Rosa del Dorrego, donde procuramos el rescate y la difusión de la obra de nuestros maestros del revisionismo.

Presentación del libro presentación del libro "Obras selectas de José María Rosa", en el marco de la 7° Expo Carreras y 8° Feria del Libro de la Universidad Nacional de Lanús.

El día jueves 2 de octubre, se realizo la presentación del libro presentación del libro "Obras selectas de José María Rosa", en el marco de la 7° Expo Carreras y 8° Feria del Libro de la Universidad Nacional de Lanús.
La mesa de presentación participarán los Miembros de nuestro Instituto, Eduardo Rosa y Francisco Pestanha, junto con el sociólogo Aritz Recalde, Nicolás Damin y Diego Raus.
Entre las actividades a las 18:00 hs se realizo una mesa debate sobre “Corrientes historiográficas”, y a las 19:00 hs se procedió a la presentación del libro.
"Obras selectas de José María Rosa" incluye cuatro obras: “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica” (1954), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “Rosas, nuestro contemporáneo” (1970) y “Análisis histórico de la dependencia argentina” (1974).
La actividad, que está organizada por el Departamento de Planificación y Políticas Públicas, se llevará adelante en el Auditorio Abremate cabo H. Yrigoyen 5682-Remedios de Escalada.

viernes, 3 de octubre de 2014

EQUIPO DEL CENTRO DOCUMENTAL JOSÉ MARÍA ROSA EN EL GRANLÍO

Pablo Hernández, Eduardo Rosa, Enrique Manson y Gabriela Canteros
El día miércoles 1° de octubre el equipo de la Biblioteca, Centro Documental y Cátedra Libre de Historia Argentina José María Rosa participo de la inauguración del Centro Cultural "El Gran Lío".
Este nuevo espacio, cuyo lema es “Por la Cultura del Encuentro a través de la Educación, el Deporte y el Arte Popular”, esta ubicado en Viamonte 1550 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
El acto de inauguración se desarrollo bajo el siguiente programa:
- Apertura 19:30 hs.
- Palabras de Fabian D`Antonio
- Palabras de Victor Lupo, presidente de la Comisión Directiva del CC
- Bendición del Padre Pepe Di Paola
- Trío de Tango "Vadenuevo"
- Presentación del libro de Hector Puyo "Pequeñas Biografías Argentinas Tomo I y II"
- Rock Nacional "La Pepe Cartucho"
- Monólogo de Edgardo Nieva (Protagonista "Gatica El Mono")
- Mario Cabrera - Cantor Folclore
- Cierre: Empanadas y Vino de Honor

lunes, 29 de septiembre de 2014

CONFERENCIA Y PRESENTACIÓN DEL LIBRO OBRAS SELECTAS DE JOSÉ MARÍA ROSA


Se realizará la presentación del libro presentación del libro "Obras selectas de José María Rosa", en el marco de la 7° Expo Carreras y 8° Feria del Libro de la Universidad Nacional de Lanus. La mesa de presentación estará a cargo de Eduardo Rosa, Aritz Recalde y Nicolás Damin, Modera Francisco Pestanha. La actividad está organizada por el Departamento de Planificación y Políticas Públicas. El evento se llevara a cabo el día jueves 2 de octubre, 19 a 20.00 horas en el Auditorio Abremate. H. Yrigoyen 5682-Remedios de Escalada.


Sobre el libroEl presente volumen incluye cuatro obras: “Defensa y pérdida de nuestra independencia económica” (1954), “Rivadavia y el imperialismo financiero” (1964), “Rosas, nuestro contemporáneo” (1970) y “Análisis histórico de la dependencia argentina” (1974).De la presentación participan miembros del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego.

EL GRAN LÍO CULTURAL



La oficina en que nos recibe Fabián D’Antonio, editor de más de 130 volúmenes del pensamiento nacional, está poblada de elementos que para algunos pueden resultar contradictorios. Sendas bibliotecas en paredes enfrentadas cumplen con este mandato. El mueble que D’Antonio ve desde su escritorio cada vez que alza la vista tiene, en cambio, algo de sede social de club deportivo. Son fotografías de canchas de fútbol las que lo muestran, con los cortos, en interesantes jugadas o posando para los reporteros gráficos. Trofeos y plaquetas completan la decoración aunque uno de ellos –la estatuilla del premio Arturo Jauretche otorgado por el profesorado homónimo de Merlo– nos vuelve al mundo de los libros. Esa mescolanza tiene olor a barrio. Ya Fabián D’Antonio, responsable de Ediciones Fabro, empieza hablando del suyo.
–Como fueron sus comienzos en el futbol?
–La primera imagen de mi niñez en La Paternal tiene que ver con la noche. Siempre me iba a dormir abrazado a la número cinco. Yo hice la primaria en el República de Honduras, un colegio de jornada completa que está ubicado en la calle Elcano, entre Ávalos y Balboa. Cada tarde, al regresar, lo primero que hacía era sacarme de encima los deberes para ir en busca de mis amigos que ya estaban peloteando frente al portón de la vieja fábrica de muñecas de 14 de Julio. 
Precisamente donde terminaba esa calle, todos los sábados, con lluvia o sin lluvia, jugábamos el clásico del barrio. A nuestro “estadio” nosotros lo llamábamos El Fondo. En esa época era de tierra y estaba casi lindando con las vías del Urquiza. Nuestros adversarios, quizás menos románticos, le decían el potrero. La cancha de ellos quedaba cruzando las vías.
–¿De esos encuentros futboleros en La Paternal surgió algún Maradona?
–Sí, uno. Se llamaba Diego Armando y apareció en el verano de 1976. Era un morochito flaquito que venía desde Pompeya en el colectivo 44, se bajaba en Elcano y Del Campo, y pasaba obligadamente por nuestro portón y por nuestra canchita para llegar al Campo Deportivo Las Malvinas en donde se entrenaban las divisiones inferiores de Argentinos Juniors. 
Un vez el Bocha, uno de mis amigos, le dijo algo que le molestó. Continuó imperturbable su marcha pero regresó, al rato, acompañado por otros jugadores. Parecía inevitable el irse a las manos cuando propuse un picadito como alternativa para zanjar el agravio. “En una hora, los esperamos en el club”, nos respondió el “agredido”. Nos dieron una paliza descomunal. Diego Armando Maradona y sus Cebollitas brindaron una clase inolvidable de fútbol y nos ganaron 14 a 0.
–¿Tuvo revancha? 
–En 1982. Yo ya jugaba en Deportivo Armenio y nos entrenábamos en Agronomía, en el Club Comunicaciones. Diego vino a visitar a su amigo Elvio Paolorosso, que era nuestro preparador físico. Tras charlar largamente con él, ante nuestra sorpresa, se prendió en un picadito con nosotros. Era un regalo del cielo. ¡Madre mía! ¡Qué fenómeno!
–¿Y los libros, cuándo llegaron?
–No llegaron: estuvieron siempre en casa. Mi padre era un gran vendedor de libros, y con Roberto Vílchez, Lorenzo González y Alfredo Carballeda, en esas épocas del sesenta y del setenta, en que ya se estaba trajinando el regreso del general Perón, recorría el país difundiendo las obras de José María Rosa, Fermín Chávez y otros próceres del revisionismo histórico. 
Aún hoy, cuando en algunas bibliotecas familiares veo la colección encuadernada de la Historia Argentina o cuando a ella se refieren militantes o escritores de las generaciones posteriores, no puedo dejar de pensar en mi viejo: fue Alberto D’Antonio el que les vendió algunos de esos textos en que se formaron.
–¿Es entonces cuando se engancha con esa vocación?
–En marzo de 1975 yo participé, con mis nueve años, en la primera Feria del Libro, la que se realizó cerquita de la Facultad de Derecho. Acompañaba a mi padre como oyente, era un mundo que me apasionaba. Participé de varias charlas, entre ellas escuché a dos grandes maestros, Pepe Rosa y Fermín Chávez. Pero vino el golpe del 24 de marzo y la fiesta se transformó en tragedia. Los libros, los autores y los lectores pasaron a ser sospechosos y difundir esos autores pasó a ser un riesgo.  
–Lo recuerdo. En 1976 yo también me gané la vida vendiendo el primer tomo de la biografía de Perón que había hecho Fermín. Más de una vez se dio el caso, entre los clientes, de que el miedo prevaleciera sobre el entusiasmo. No se atrevían a comprarlo porque era comprometedor tenerlo en la biblioteca. Y las bibliotecas podían ser requisadas..
–Sería por eso que mi padre empezó a esquivar el tema. Era su prudencia la que quería resguardar mi adolescencia. De todos modos, ya cuatro o cinco años después, cuando él era responsable del stand de Oriente, en una de las esquinas nos encomendó la venta de clásicos de la literatura. Con Gustavo, el hijo del dueño de la editorial, nos divertíamos mucho. Sobre todo mirando a las promotoras. Aunque nunca dejó de gustarme el fútbol.
–¿Volvió, entonces, a la cancha?
–Nunca me había ido del todo. Lo que sí hice fue iniciar mi carrera como futbolista profesional. En nuestro país jugué en Deportivo Armenio y en Platense. Llegó después el momento de Italia. Allí jugué en el Battipagliesse, en el Gallaratesse y en el Sanmacarese. Fueron años hermosos y duros. El frío europeo es uno de los recuerdos de esa época. Pero también la alegría de vivir haciendo lo que más me gustaba. Y tampoco me estaba alejando del mundo de los libros. No se olvide que Albert Camus solía recordar que buena parte de lo que sabía de moral lo había aprendido dentro de una cancha de fútbol. 
–No me olvido. Los arqueros no nos olvidamos nunca de nuestro colega del Racing de Argel. ¿Hasta cuándo duró su “curso” de moral?
–Fueron doce años transpirando la camiseta en Italia. La vuelta a la Argentina estuvo acompañada por la posibilidad de trabajar en una empresa italiana que comercializaba una línea de alta gama de porteros visores y teclas de luz. Eran los primeros meses de 2001. Buena parte de ese año lo dediqué a los preparativos del lanzamiento del producto, pero ante la gravedad de la crisis los empresarios decidieron retornar a Italia. Me quedé sin trabajo, recién divorciado y sin los dólares que había juntado en Europa jugando al fútbol: el “corralito” se quedó con ellos. Ni Domingo Cavallo ni los banqueros habían jugado al fútbol. Tampoco eran lectores de Camus. Era lógico que no supieran de moral. 
–¿Fue ése, según parece, el momento del retorno a la tradición librera de los D’Antonio?    
–Roberto Vílchez, el compañero de mi padre en Oriente, venía pensando en la posibilidad de una editorial. Me lo comentó y el proyecto me gustó. Vílchez tenía en su memoria los años maravillosos del revisionismo histórico, aquellos en que Perón estaba en España pero preparando su regreso.  Los trabajadores habían descubierto a Rosas y los dirigentes sindicales compartían esa revisión histórica que significaba también un apoyo al peronismo. Desde Vandor hasta Ongaro, desde la UOM hasta la CGT de los Argentinos, había un camino que tenía puntos en común. Los jóvenes de la clase media también se habían acercado a lo nacional. Los libros de Rosa, Chávez, Ramos, Cooke, Murray, Castellani, Palacio y Hernández Arregui, del cual ahora se cumplen 40 años de su muerte, eran pues, en ese contexto, requeridos como producto cultural de primera necesidad. Ni hablar de Jauretche y Scalabrini Ortiz, best sellers reiterados del momento. O los nuevos, como Galasso. Ese recuerdo entusiasmó a Vílchez.
–¿Y a usted?
–Yo, por boca de mi padre, tenía el mismo recuerdo. Y también las ganas de participar desde lo editorial en la batalla cultural que debería librarse frente al neoliberalismo que venía destruyendo a la Argentina y empobreciendo a sus habitantes.
–¿Qué editores de antaño lo inspiraban?
–Arturo Peña Lillo había sido el que supo aglutinar en su catálogo a los grandes maestros. Y supo convertir su mítico local de la calle Hipólito Yrigoyen también en lugar de reunión y de debate. Hasta el café cercano a su librería, por ejemplo, se acercó Eduardo Luis Duhalde, el compañero Rodolfo Ortega Peña, para despedirse antes de iniciar el camino del exilio. En don Arturo pensaba, por supuesto. Pero por mi forma de ser me atrapaba la biografía de Manuel Gleizer. El contacto con los escritores, el cuidado de la edición, la recorrida por las librerías. Claro, son otras épocas. Pero en editoriales incipientes como la nuestra ese método no puede ser dejado de lado totalmente. A mí me sigue entusiasmando. 
–¿Cuál fue el primer libro que editaron?
–Fueron dos. Y ambos de Fermín Chávez. El Diccionario histórico argentino yReseña de acontecimientos históricos 1553-2003. La elección fue natural. Amigo de mi padre y de Vílchez desde la época de Oriente, fuimos en búsqueda de su consejo. Nos volvimos con un proyecto que bajo su dirección demandó años de investigación. Empezamos en diciembre de 2002 y en mayo del 2005 los presentamos. Las épocas, allí lo aprendimos, no eran las mismas. Sin embargo se agotó. Optamos, entonces, salvo excepciones, por abocarnos después a textos con formatos más tradicionales y económicos. Ya superamos los 130 títulos. Todos de autores del pensamiento nacional.
–¿Le puedo pedir nombres?
–Sí, por supuesto. Los nombres valen y deben ser dichos en voz alta porque son los escritores una de las piezas fundamentales de la editorial. Si tenemos en cuenta, además las dificultades, los requerimientos económicos y el relegamiento en los grandes medios, nos atreveríamos a afirmar que son “héroes”. Pero cabe aquí la lección imperecedera de Héctor Oesterheld: “El único héroe que vale es el héroe en grupo”
–Algunos de esos “héroes”, y en su caso podríamos sacar las comillas, es Claudio Díaz. Más de uno de sus libros, además, forman parte de la lista de clásicos del pensamiento nacional. 
–Futbolero, laburador, humilde, triunfador con sus Martín Fierro en el periodismo profesional, caminador de la senda de Jauretche en el periodismo militante, su Historia del movimiento obrero argentino es una síntesis inigualable. Claudio pagó con ese libro una deuda que los escritores nacionales tenían con los trabajadores. Supo sintetizar esas luchas con mesura y rigor informativo abarcando incluso la primera década del siglo XXI. Se nos fue demasiado rápido al “comando celestial”. Pero se quedó para siempre con su pueblo que lo despidió en Morón, como correspondía, atronando las galerías del cementerio con la marcha peronista.
–¿Jaime Dávalos? ¿Es exagerado decir que fue el Martín Güemes de la poesía salteña?
–Fue su hija, Julia Elena, la que nos permitió encarar la obra completa de su padre. Es uno de los mayores orgullos de la editorial Fabro haber podido rescatar y difundir esa obra fundamental que incluye también a muchas de esas canciones que supieron entusiasmar con el folklore a los jóvenes del sesenta, dando vigor a una corriente que, con matices, sigue en la actualidad congregando multitudes.
–Pasemos a los “héroes en grupo”, es decir, a los temas.
–La versión revisionista de la historia argentina nutre nuestros textos en la materia. Haber podido editar a José María Rosa, padre del revisionismo histórico popular, es una de nuestras mayores alegrías. De él editamos El cóndor ciego y las Conversaciones... que mantuvo con usted y que en 1978 publicó Colihue. 
–Le recuerdo que estoy aquí como periodista, sólo para preguntar.
–Me parece bien, pero yo le recuerdo que estoy aquí como entrevistado, y no puedo eludir una referencia a Conversaciones con José María Rosa. Las respuestas del viejo maestro son apasionantes. También nos ocupamos, en varios libros, de don Juan Manuel de Rosas. De las mentiras y verdades sobre su gobierno, de su relación con los indios o del exilio del Restaurador, vacío que llenó Beatriz Doallo con su libro. De la Vuelta de Obligado publicamos una versión en historieta de José Massaroli, discípulo de Oesterheld y de Solano López. 
–Rosas, sin Perón, no es revisionismo. Rosas, sin Perón, es gorilismo. ¿Comparte ese concepto?
–Desde luego que lo comparto. Por eso hemos reeditado libros de Perón  y Evita, los cuales son los más vendidos. En esa intención, por otra parte, reeditamos a Scalabrini Ortiz, a nuevos autores como Pablo Vázquez con sus ensayos sobre Jauretche y sobre Evita, yendo al rescate de los deportistas peronistas perseguidos luego de 1956 con los libros sobre la tenista Mary Terán de Weiss y sobre los hermanos Galimi, ambos campeones de esgrima, o dando a conocer los textos de Alberto González Arzac, discípulo de Sampay. 
Me gustaría, sin embargo, dejar en claro la pluralidad que nutre a la editorial. Plumas clásicas y consagradas se encolumnan junto a jóvenes autores. Destacamos el libro sobre el exilio argentino en Italia, prologado por Juan Gelman, y el de Tatiana Sfiligoy, primera nieta recuperada, sin olvidar, claro, a las víctimas de otras dictaduras. Daniel Brión, hijo de uno de los fusilados en José León Suárez, escribió sobre el terror instaurado por Aramburu y Rojas. De Pedro Bevilaqcua es, en tanto, la más profunda investigación sobre los bombardeos a la Plaza de Mayo en junio de 1955. 
–¿Y Malvinas? Hemos notado que en el catálogo figuran varios títulos de esa temática.
–Malvinas es un tema argentino desde siempre y, en tal sentido, nuestro rescate también es desde siempre. En Las JP incluimos por ejemplo, una pequeña biografía de Dardo Cabo y de María Cristina Verrier, dos héroes de la Operación Cóndor de 1966. En un libro de Carlos Velazco, ese escritor al cual Leopoldo Marechal se dirige en la Autopsia de Creso, se encuentran, en cambio, los pormenores de la relación de Cristina con Dardo a partir de la nota en que ella lo entrevista para Panorama. El tema de la guerra de 1982, por supuesto, también está presente. Uno de esos veteranos, Jorge Reyes, cuenta sus experiencias en la isla. También escriben otros autores en Malvinización y desmentirización, entre ellos uno de los tenientes rebeldes de Perón, José Luis Fernández Valoni. O el veterano de guerra Miguel Ángel Trinidad. Luis Alberto Azurey, en tanto, relata sus vivencias cuando se inauguró el cenotafio de los soldados argentinos. Otro veterano, César González Trejo, lo prologa y Daniel Santoro ilustró la tapa. Tras su manto de neblinas, de Enrique Manson, historia el conflicto. 
–No le escatiman, por lo que veo, a ningún tema.
–Y nos queda, todavía, lugar y ganas para la fiesta. El tango, el folklore y el rock nacional tienen su espacio en nuestros anaqueles. Allí Jaime Dávalos se codea con Homero Manzi, Mario Cabrera con Nelly Omar, Miguel Albrecht con Luis Alberto Spinetta. 
–Las editoriales, al menos en buena medida, suelen buscar sus públicos entre las capas medias de la sociedad. Fabro, por lo que vemos, si bien no descuida a ese sector, se interesa especialmente por los trabajadores incluso con ediciones dirigidas directamente al mundo sindical. ¿Cuál es la motivación que nutre esa política?
–El movimiento obrero organizado es la columna vertebral del peronismo y, en algún grado, también es la columna vertebral de la editorial. Ya es tradición en la Feria del Libro que los trabajadores se concentren en nuestro stand. Corresponde nombrarlos: la Unión Obrera Metalúrgica, especialmente la de Capital Federal y la de La Matanza, el Smata nacional y el de Mar del Plata. El gremio de la Madera de Capital Federal, Sadop, Suetra (Tabaco), Sutaca (Automóvil Club Argentino), Fempinra (Guincheros), Plásticos, UPCN, Textiles, ADEF (Farmacia), Unión Ferroviaria, la Obra Social de los ladrilleros, La Fraternidad, Televisión. Hace unos años también lo hicieron Camioneros y la 62 Organizaciones de la Capital Federal, en fin, una larga lista.
–D’Antonio, usted jugó al fútbol en Italia. ¿También editó allá?
–Todavía no, pero hemos firmado convenios con alguna editorial para difundir textos que nosotros editamos en Argentina. Es imprescindible nombrar el libro Quebrantos. Historias del exilio argentino en Italia, que allá editó Nova Delphi. También presentamos, con la presencia de su autora, En el nombre de sus sueños. 12 historias de vida de hijos de desaparecidos. También fuimos a Costa d’Oneglia, pueblo de la provincia de Imperia, lugar originario del padre de Manuel Belgrano. Allí todos los años se realiza una fiesta en la cual casi cinco mil personas se reúnen en un pueblo en el que normalmente habitan trescientas, para recordarlo. Allí estuvimos y presentamos Manuel Belgrano. Líder, ideólogo y combatiente de la revolución, un libro acompañado por un disco compacto de Mario Cabrera sobre la Batalla de Tucumán. Muchos de nuestros títulos, además, están en sendas librerías de Piazza Navona, en Roma e Isola libri, en Milán, ambas dedicadas a los lectores de habla castellana. 
–Y ya que estamos por Italia, veo que en su escritorio tiene un lugar de privilegio su foto con el papa Francisco.
–El privilegio espiritual fue poder participar, en abril de este año, en una de las misas privadas que oficia en el Vaticano. Fue cuando le entregamos la reedición de un libro casi centenario que nos supo acercar don Osvaldo Guglielmino, laHistoria de Nuestra Señora de Luján. Conmovido por el encuentro pensé que más que nunca teníamos que trabajar en nuestras cosas. Recordé también sus palabras a los jóvenes en Río de Janeiro: “Hagan lío”. Por eso decidí invitar a otros compañeros para que me acompañen a hacer, juntos, un gran lío cultural. Y así, El Gran Lío, decidimos llamar a nuestro centro cultural. Lo vamos a inaugurar en octubre y habrá allí presentaciones de libros, teatro, cine debate, reportajes públicos, exposiciones de fotografía y pintura y talleres: clases de tango, de folklore, violín, gimnasia, jazz, yoga, Pilates de piso, encuadernación artesanal, fotografía. Bien mezclado todo. Bien de pueblo. Con nivel y sin prejuicios. Lejos de lo culturoso y cerca de la cultura popular. Y por supuesto mucha canción popular, mucha percusión, mucho bombo. Jauretche nos enseñó que nada se puede construir sin alegría.

SUPLEMENTO Nº5 PEPE ROSA

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