25 de mayo de 1810

fotografía de Esteban Astesiano
La noticia de la caída de Andalucía en manos de Napoleón produjo el desenlace de una situación que todos los grupos políticos de Buenos Aires estaban esperando: los que seguían a Saavedra, los amigos de Castelli y Belgrano, los restos del partido de Álzaga y hasta el propio Cisneros. Los espías portugueses habían denunciado dos meses antes que el virrey se preparaba a crear “una Junta Provisoria compuesta de la Rl. Audiencia y cabildo de Buenos Aires de la que será presidente Cisneros.”

El desenlace se produjo el 25 por presión del pueblo en armas en el cuartel de Patricios, el cuerpo integrado por los vecinos de las orillas de la Capital.


Enrique Manson


PUEBLO Y MILICIA EL 25 DE MAYO



La noche del 24 al 25 fue de alboroto, decíamos ayer. Una "especie de conmoción y gritería en el cuartel de Patricios’' no dejó dormir al notario eclesiástico y futuro Director Supremo de las Provincias Unidas, Gervasio Antonio de Posadas, que así lo dice en su “diario íntimo". Lo corrobora Cisneros en su informe al Consejo de Regencia: “...en el cuartel de Patricios gritaban descaradamente algunos oficiales y paisanos, y esto era lo que llamaban pueblo...”; los oidores de la Real Audiencia, que serán expulsados en breve de Buenos Aires, mencionan en su informe a Cádiz... una fermentación en el cuartel de Patricios" que precedió en la mañana del 25 a la caída definitiva del Virrey.

Una gritería en Patricios fue la noche de la Revolución para los vecinos del centro de Buenos Aires. Los “orilleros” que formaban el grueso de la milicia urbana expresándose en forma airada; reclamando el derecho a ser el nervio y la fuerza de la Historia Argentina. Las milicias alzándose contra lo arreglada el día anterior por la gente "principal y sana", que la noche del 24 acababa de perder su condición de clase dirigente.

La ciudad amaneció amotinada y el alzamiento desconcertó a todos, inclusive a los jóvenes carlotinos que peticionaban a nombre del pueblo y acababan de aplaudir la solución encontrada por el Síndico Leiva, y regocijándose de que su representante, Castelli, estuviese en la Junta presidida por el Virrey. Inclusive a los comandantes de los cuerpos urbanos que acaban de prestar juramento a la Junta ideada por Leiva, y se volvieron muy tranquilos a sus casas sin sospechar el “espíritu de Mayo" que acababa de nacer.

Aclaro de una vez por todas, para evitar equívocos en el que incurren muchos, no se trataba de un planteo militar a la moderna; no eran peticiones de comandantes apoyados en la cuantía de una tropa disciplinada y dócil. Los milicianos de Mayo tenían conciencia de ser el pueblo en armas, y fueron ellos los soldados y las clases, seguidos por algunos oficiales compenetrados con su espíritu como Chiclana y otros, lo que acabó por arrastrar a sus comandantes.

Saavedra había aceptado integrar la Junta Virreinal, como jefe de Patricios y representante de la clase militar, recibía plácemes por ello en la fortaleza durante la tarde del 24, palpó la hostilidad de los suyos al entrar regocijado por la puerta de las temporalidades. Hubo exaltados que lo tirotearon, desconcertando al comandante. Como era un auténtico militar, comprensivo de que debía representar al cuerpo y no imponerle por vía jerárquica lo que creía más conveniente, se apresuró a renunciar su vocalía.

Fue, sobre todo, la presencia de una entidad tan vieja como la conquista de América, pero olvidada hasta entonces: el pueblo, el auténtico Pueblo, que no él retórico de los lectores de Rousseau (el Marx de entonces), imponiéndose en la gran realidad argentina. Y fue también el levantamiento de las orillas pobladas de matanzeros y quinteros de honda raigambre patriótica, contra el "centro” principal, sano y decente que alguna vez habría de producirse, Pero que no llegó a consolidarse por falta de un caudillo con visión y conciencia de su papel.

A las 8 de la mañana se reunieron los regidores, alcaldes y síndicos en el cabildo, encontrándose con la novedad de la renuncia colectiva de la Junta ¿Y esto?...

Se habían retirado temprano la noche anterior, y nada sabían del "estado de conmoción”; tal vez habitaban lejos de los cuarteles de milicias, tal vez su sensibilidad les había endurecido los oídos.

En las calles no había nadie, y una fina lluvia -que se prolongaba toda la semana- cubría el cielo de fines de otoño. La mañana destemplada no parecía propicia para los acaloramientos, y si alguno les habló de los gritos que se oían en el cuartel de la calle del Correo, supusieron que eran juegos de los milicianos, o festejos por haberse terminado a satisfacción de todos el “expediente” de la caída de la Junta de Sevilla

No entraré en los detalles de todo lo ocurrido esa tarde. MAYORIA no me da espacio para tanto. Solo diré que los cabildantes discuten las renuncias. ¿Cómo se explicaba esa actitud cuando todo estaba arreglado a satisfacción general? Seguramente cosas de Chiclana que impresionaron al pusilánime Saavedra. Pero ¿a qué atemorizarse con la agitación de una parte del pueblo si los jefes militares en su totalidad habían jurado mantener y defender a las nuevas autoridades?

Se los manda llamar. Leiva les habla de “los males que iban a resultar si se innovase en lo resuelto, recordándoles su compromiso de sostener a las nuevas autoridades”. Menos los comandantes de tropas regladas que prudentemente callan (Orduña de Artilleros, Lecoq de Ingenieros, de la Quintana de Dragones), los demás, Romero en representación de Patricios, García de Montañeses, Ocampo de Arribeños, Terrada de Granaderos, Ruiz de Naturales, Esteve y Uac de Cañoneros de la Unión, Merelo de Andaluces, Martín Rodríguez del 1º de Húsares, Núñez del 2º, Vivas del 3º, Castex de Migueletes, Ballesteros de Quinteros: es decir todos los jefes de cuerpos milicianos, contestan “que no solo no podían sostener al nuevo gobierno ni aun podían sostenerse ellos mismos y evitar los insultos que podían hacerse al Excmo. Cabildo... que el pueblo y la tropa estaban en una terrible fermentación”. Es cierto que habían jurado defender a la Junta virreinal la tarde anterior, y como hombres de honor estaban dispuestos a cumplir su juramento: pero solo podían hacerlo con sus exclusivas espadas, y -desde luego- contra su tropa que se les había sublevado.

Esa fue la Revolución del 25, de aquel 25 de Mayo que inició la presencia del pueblo en las cosas públicas. Pueblo y ejército eran entonces una misma y sola cosa. Quiera Dios que lo vuelvan a ser para siempre. Y que los Orduña, Lecoq y de la Quintana de las tropas regladas guarden para siempre su Marcha de la Libertad y asuman un prudente silencio cuando el Pueblo y su Milicia han hablado.

José María Rosa

Diario Mayoría, mayo de 1973





Glosario:

Carlotinos eran los partidarios de la infanta Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando VII y casada con el regente y heredero del trono portugués Juan de Braganza. Castelli, Belgrano y otros habían jugado la carta de una regencia de la infanta, tomando una posición absolutista, enfrentando al grupo que lideraba Martín de Álzaga, al que acusaban de democrático. La aparente contradicción se explica en la política interna de Buenos Aires ante el derrumbe de la monarquía en la península. Con el mascarón de la infanta, el grupo de jóvenes porteños sería el verdadero gobernante de estas tierras.

El plan se vino abajo por la traición de Carlota que no confiaba en sus inesperados seguidores y los denunció al virrey Cisneros.

Milicia era la tropa formada por los vecinos de cada ciudad. No eran soldados profesionales, como los veteranos o tropas regladas como llama el autor a “Orduña de Artilleros, Lecoq de Ingenieros, de la Quintana de Dragones”. En el Buenos Aires de 1810, se trataba de los cuerpos creados con motivo de las invasiones inglesas.



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