EL DÍA DE LA MILITANCIA (17 DE NOVIEMBRE DE 1972)

Entre 1955 y 1973, la Argentina vivió una guerra larvada que le impidió alcanzar una relativa estabilidad.
Los enemigos del peronismo se propusieron terminar hasta con el recuerdo de la década 1946-1955 a través de la represión, de la proscripción, de la “integración”, de la dictadura sin plazos que se extendería hasta la muerte del Líder.

Desde septiembre de 1955 las universidades acompañaron la desperonización del país. Los estudiantes habían sido refractarios al peronismo y se embanderaron en la restauración liberal. La intervención de José Luis Romero en la Universidad de Buenos Aires, designada por el gobierno de Aramburu, inició la sistemática eliminación de profesores peronistas y nacionalistas

La Noche de los Bastones Largos bajo la dictadura de Onganía, fue un punto de inflexión. Las “hordas marxistas” que la febril imaginación de los centuriones creía ver atrincheradas en los edificios universitarios fueron apaleadas por la Federal sin otra resistencia que las protestas por lo arbitrario del procedimiento. A las pocas horas la paz reinaba en los claustros.

Sin embargo, tras un período de tranquilidad las universidades empezaron a vivir experiencias inéditas. Onganía entregó la economía a representantes del establishment liberal, mientras católicos y nacionalistas más o menos fascistoides recibían los estudios superiores. Inesperadamente, esto dejó espacio para que –entre los fieles a la Revolución Argentina- se filtraran algunos nacionalistas populares y varios católicos en tránsito hacia el peronismo. A la Doctrina de la Seguridad Nacional desde las universidades se empezó a responder con la Teoría de la Dependencia expresada políticamente por docentes y estudiantes peronistas unos y marxistas otros.

Así nacieron las Cátedras Nacionales, con el economista Gonzalo Cárdenas, el sacerdote Justino O’Farrell, Roberto Carri, Horacio González, Ernesto Villanueva, Alcira Argumedo, Fernando Álvarez. Aparecieron nuevas publicaciones; Antropología del Tercer Mundo y Envido, que se convertiría en un clásico de los peronistas revolucionarios. “Entonces, además de Trotsky, Lenin, Sartre o Fanon, algunos… empezaron a leer a Scalabrini Ortiz, a Hernández Arregui, los ‘pensadores nacionales’” (Anguita, Eduardo y Caparrós, Martín, La Voluntad,)

Desde sectores cristianos y nacionalistas llegaron otros, como JAEN, el Integralismo de Córdoba, de Carlos Guido Freytes y Juan Cateula, que aportaba social cristianos y nacionalistas, el Ateneo de Santa Fe, rompía con los católicos tradicionales, la UNE de la Universidad del Nordeste y la Unión de Estudiantes Nacionales que conducía Julio Bárbaro.(Perdía, Roberto Cirilo, La otra historia ) Este destacaba la condición nacional y popular de los nuevos peronistas, señalando sus diferencias con los marxistas, cuyo intelectualismo los alejaría del pueblo de carne y hueso: “Para la muchachada que hoy sale a la calle, sus padres históricos son el federalismo, el yrigoyenismo y el peronismo. Nos importan un bledo Marcuse y Marx. Sólo el pueblo es el eje histórico de la emancipación.” (Gillespie, Richard, Soldados de Perón) Para Gillespie, “por supuesto, los verdaderos padres de la mayoría de ellos eran antiperonistas, o no peronistas.”

Entre 1946 y 1955 Perón había ganado las elecciones con más de la mitad de los votos, no sólo con la clase trabajadora. Muchos provenían de los sectores medios, pero es cierto que la masa de la oposición se reclutaba entre los profesionales, los estudiantes universitarios, los pequeños comerciantes, los pequeños y medianos rentistas y otros grupos similares. Molestos algunos por la afiliación compulsiva, el luto obligatorio o -de un modo más mezquino- por el ascenso de los negros que se ponían a la altura de la gente bien. Durante el gobierno de la Revolución Argentina muchos de ellos vivieron una conversión casi religiosa hacia la causa justicialista.

Tras una primera expectativa esperanzada, la dictadura de Onganía defraudó a las clases medias. Este estado de ánimo abonó su conversión. La preocupación por la cuestión social, ahora enmarcada en una orientación nacional y en una progresiva incorporación de las problemáticas del tercer mundo, hizo que muchos descubrieran a Hernández Arregui, Jauretche, Ortega Peña y Duhalde, Jorge Abelardo Ramos, Pepe Rosa y Puigross, Un paso más adelante estaría el clásico de Perón: “Conducción política” (Perdía, Roberto Cirilo, La otra historia)

La conversión ideológica tenía un componente generacional muy importante que se relacionaba con la instalación, en la Argentina y en el mundo, de la juventud como categoría política. Estaban movilizados por un espíritu contestatario de los valores de la sociedad consumista y admiraban a los líderes de los pueblos del Tercer Mundo.

Conscientes de la condición dependiente de la Argentina, muchos descubrieron que en su propio país existía un liderazgo nacionalista y liberador, apoyado en las mayorías obreras. Que estaba proscripto desde 1955 y que se alternaba una farsa de democracia tutelada y dictaduras militares, la última de las cuales consolidaba la dependencia económica, e incrementaba la represión interior hasta el extremo de perseguir a las chicas de minifaldas y considerar subversivo que los varones usaran barba o pelo largo.

Esta juventud, idealizó la figura del guerrillero, en la persona del Che Guevara, y redescubrió a Perón. El viejo Líder, ya de más de 70 años, empezó a recibir la visita de peregrinos juveniles. Los cineastas Fernando Solanas y Octavio Getino filmaron un largo reportaje, que se convirtió en la película "Actualización doctrinaria para la toma del poder", en la que ponía a la juventud en el protagonismo.

La nueva visión que tenían de la historia reciente y del rol liberador del peronismo hizo que los nuevos conversos llegaran cargados con la sensación de haber estado –ellos o sus padres- en el bando equivocado. Eso los llevaría a radicalizar su fervor y las demostraciones de lo profundo de su conversión. Serían los militantes de clase media recientemente incorporados quienes estarían más apurados por asumir firmemente los mitos y rituales del peronismo histórico y por sumarse a las acciones más arriesgadas, sin excluir la militancia en las organizaciones armadas, por supuesto. Ellos asumirían fanáticamente un evitismo que a veces usarían para diferenciarse de la burocracia partidaria.

En marzo de 1971, el general Alejandro Lanusse asumió personalmente la dictadura. Sabía que las horas de la Revolución Argentina estaban contadas, y se preparó para heredarse a sí mismo mediante un proceso electoral.

Consiente del fracaso de los planes anteriores, intentó sobornar a Perón, que se vendería por un busto en la Casa de Gobierno y el pago de los sueldos de ex presidente no abonados, y la devolución de los desaparecidos restos de Evita. A cambio, apoyaría a Lanusse en los próximos comicios. El proyecto se basaba en el mito del viejo corrupto que habían inventado y no tuvo más éxito que los anteriores.

Pero Perón conducía un movimiento que había resistido todos los intentos de destruirlo, contaba con el movimiento obrero organizado y acababa de incorporar a una juventud entusiasta, dispuesta a jugarse el todo por el todo. Ella fue la creadora de la consigna ¡Luche y vuelve!

Hasta muy avanzado el proceso del Retorno, Lanusse, y la camarilla militar, no lo creyeron posible. Sin embargo, el delegado personal del General, Héctor Cámpora difundió un mensaje el 17 de octubre de 1972, que decía: “He resuelto regresar al país. Lo haré a la mayor brevedad posible y cuando el Comando Táctico del Movimiento me lo indique como oportuno. Al hacerlo deseo que los compañeros de todo el país lo tomen como un gesto de paz y así procedan. Las circunstancias decidirán luego sobre la conducta de todos.”

Mientras el Líder viajaba a Roma y se reunía con la delegación que lo acompañaría en su retorno, en Buenos Aires los militares oscilaban entre el desconcierto y la furia asesina. “A mi la negrada no me va a hacer otro 17 de Octubre”, le habría dicho el presidente a Antonio Cafiero, en una entrevista privada. El que más adelante sería tristemente célebre Eduardo Massera le dijo a un periodista:

“-Si se atreve a venir le tiramos el avión abajo.”

Pero se atrevió. El 17 de noviembre, pese al enorme operativo de seguridad que impidió a los miles de partidarios movilizados que lo recibieran en Ezeiza, Perón aterrizó en territorio argentino.

Posado el Charter en tierra, ascendió el comodoro Salas, a quien Perón comenzó a llamar “brigadier”, para incomodarlo:

“-Usted puede descender acompañado, únicamente, por tres personas. Deberá dirigirse directamente al Hotel Internacional. Puede optar también por permanecer en el avión o regresar. Le ruego manifieste cuál es su decisión.

Perón puso en pie su metro noventa.

-No, no, vamos a bajar. Si no, ¿para qué vinimos?” (Bonasso, Miguel, El presidente que no fue)

Después de pasar la noche en el Hotel Internacional de Ezeiza, con una ametralladora apuntando a la puerta de salida, al amanecer del 18 lo abandonó y se dirigió a su casa de Vicente López.

Los días siguientes conmovieron la política argentina. Gaspar Campos fue un largo desfile de partidarios y de oportunistas, mezclados con gran cantidad de gente que empezaba a creer que Perón era la única garantía de salida para el país. Los bombos de la JP atronaban de tal manera que por fin el Líder, asomado al balcón en pijama, pidió, y obtuvo, silencio para dormir unas horas.

Entre los innumerables visitantes que recibió en esos días, se destacaba Ricardo Balbín, que había suspendido una gira política al saber del retorno, y que tuvo que saltar una tapia para entrevistarse con el que llamaría su “antiguo adversario”.


El 20, Perón reunió a los dirigentes de una veintena de partidos, sectores sindicales y del sector empresario. Se ponía en el centro de la escena, mientras el gobierno quedaba desconcertado.

Lanusse, al comprender que su plan fracasaba, quiso arrastrar a Perón en su caída y estableció una norma que proscribía como candidatos a los que el 25 de agosto no estuvieran en el país u ocuparan cargos: es decir Perón y Lanusse. ¿Quién reemplazaría al Líder? El sector sindical insistió en Perón, lo que hubiera condenado a una nueva proscripción. Desde Asunción, adonde el General había viajado, hizo saber que su candidato sería Héctor Cámpora.


Enrique Manson 

Noviembre de 2015

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