Una triste despedida

Una triste despedida

Año 7. Edición número 319. Domingo 29 de Junio de 2014
Por 
 Enrique Manson. Miembro de Número del Instituto Nacional Manuel Dorrego
Habíamos pasado la mañana reunidos viviendo un velorio anticipado. No sólo estábamos ante el fin de la vida de un Grande, del más Grande. Era el derrumbe de una gran ilusión. La mayoría estábamos un poco pasados de edad para considerarnos JP, y habíamos vivido el primer peronismo siendo chicos, y aunque parte de los únicos privilegiados, nuestro protagonismo había sido secundario.
Además, por pertenencia de clase, ninguno, o casi ninguno, le debía a Evita sus primeros zapatos, ni había conocido el mar por los planes sociales.
Lo que se perdía era nuestra oportunidad de ser protagonistas de la Historia Grande de la Patria. Ya desde el 20 de junio en Ezeiza esa oportunidad tambaleaba. No sabíamos que décadas después vendrían otras, pero la que se nos escapaba era ésa. La que todavía creíamos posible ese 1º de julio.
A mediodía, en la esquina de Chacabuco y Belgrano, un compañero funcionario que tenía informaciones frescas nos confirmó lo que era inevitable aunque no lo quisiéramos creer. ¡Se murió!
Nos juntamos en velorio privado en nuestro cubil político, y salimos de apuro a comprar una bandera, que en nuestra improvisada organización no teníamos. Intuíamos tiempos terribles. Y esos tiempos llegaron.
Hoy, soñando de nuevo, y con motivos para ilusionarnos, porque hemos visto en los últimos diez años cosas que suponíamos que no llegaríamos a ver, recordamos aquel momento negro de nuestra Historia como Nación y de nuestra Historia personal.
Alguna vez, gente que se definía por su amor a la Libertad y la Democracia se había propuesto borrarlo de la memoria argentina. Sin embargo, hoy, la juventud canta, con poco respeto por la gramática pero con elocuencia, Ya de bebé, en mi casa hay una foto de Perón en la cocina.
Por décadas, las fotos estuvieron en cocinas y comedores de muchas casas. Pese al bando que amenazaba con cárcel y multa a quien violara la prohibición de imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas y obras artísticas. No se permitían fotografías o esculturas de funcionarios peronistas o sus familiares, el nombre propio del presidente depuesto, las expresiones peronismo, peronista, justicialismo, justicialista, la abreviatura P.P.
Perón no fue solamente el conductor, ¡por diecisiete años y a quince mil kilómetros de distancia! Era el símbolo, el mito, el elemento ritual que unía y guiaba a los peronistas por el interminable cruce del Sinaí de la proscripción y la persecución, hasta la tierra prometida del Retorno. Sin que faltaran becerros de oro que adorar y falsos sacerdotes que los esculpieran.
El Régimen ensayó una y mil formas de impedirlo y terminar hasta con el recuerdo de la Segunda Tiranía.
Pero volvió, y fue presidente por tercera vez.
Lo fue durante una profunda crisis interna y otra no menos grave en lo internacional. La multiplicación del precio del petróleo y la inestabilidad económica y política mundial, acompañaron la crisis interna, entre los que Perón llamó apresurados y retardatarios.
El 1° de mayo, durante la fiesta de los trabajadores, el conflicto estalló. Jóvenes cercanos a Montoneros silbaron a Isabel Perón y exigieron cambios. El General respondió indignado, llamándolos estúpidos e imberbes.
No había pasado un mes y medio, cuando volvió a convocar a la Plaza. Había anunciado que de no contar con apoyos para enfrentar a la crisis, abandonaría la empresa en que había comprometido lo que le quedaba de vida. Frente a la multitud, que esta vez no se encuadraba en organizaciones, sino que la formaban argentinos y peronistas preocupados, pronunció su último discurso desde el balcón.
Agradeció la presencia del pueblo que respondía a su convocatoria. En la Plaza movíamos los brazos como aspas para decir que no había nada que agradecer. Que nosotros recibíamos el regalo de su confianza.
Tal vez ya era tarde. Por la gravedad de su salud y lo avanzado de la crisis, imposible de encauzar sin su presencia.
Pero, como dice la juventud –cada nueva generación que se suma con el tiempo–: A pesar de las bombas, de los fusilamientos –los ya sufridos y los que vendrían en los años que siguieron–, los compañeros muertos, los desaparecidos. No nos habían vencido. Pocos días después, el 1ª de julio, el Líder nos dejaba.
Pero habíamos recibido, en esa Plaza de la Historia, de entonces y de hoy, una despedida que era la convocatoria, que hoy asumimos:
Llevo en mis oídos la más maravillosa música que es, para mí, la palabra del Pueblo Argentino.



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