martes, 15 de septiembre de 2015

EL CAMINO HACIA EL INFIERNO II

19 de setiembre de 2010 (Agencia Federal de Noticias)  
Perón se traslada de la cañonera Paraguay al hidroavión Catalina en que volaría a Asunción
A su lado, el canciller golpista Mario Amadeo. 
Este lo sostuvo, cuando el Tirano prófugo trastabilló, y evitó que cayera al agua. Esto le ganaría la calificación de traidor por muchos antiperonistas
De la cúspide al conflicto
En 1954, superada la crisis económica y después de ganar por dos tercios de los votos la elección de vicepresidente, el gobierno peronista parecía haber alcanzado la cúspide de su éxito. Pero, según dice Félix Luna : “esta monolítica estructura se desplomaría a la vuelta de un año. Y no por ataques externos, sino por los asombrosos errores de su propio constructor.” Ese año estalló el conflicto con la Iglesia, y Luna se pregunta “¿Que motivaciones pudieron haber inspirado a Perón para insistir con una política tan insensata?... (la explicación) debe plantearse, más bien, en términos psicológicos: quizá haya que buscarla en esos agotadores nueve años de presidencia, en el ambiente de obsecuencia que lo rodeaba, en el reiterado ejercicio de un poder absoluto.” 
Para alguna bibliografía la causa del enfrentamiento fue el tema de la juventud. El desarrollo de la Unión de Estudiantes Secundarios, a la que Bonifacio del Carril llama una forma de “halagar las bajas pasiones del dictador”, era competencia con la Acción Católica Argentina en el encuadramiento de los jóvenes. Pero a pesar de lo que pudo haber influido, no parece suficiente para explicarlo.
Para el pensador católico Carlos Chiessa, “a partir del segundo gobierno justicialista (1952), el proceso revolucionario se profundizará,” en lo que Perón había llamado la Comunidad Organizada. Era una institucionalidad diferente, que sin excluir las instituciones de la Constitución, propias de la democracia liberal, incorporaba otras que correspondían a los sectores de la sociedad. Así nacieron la CGP y la CGU que se sumaron a las ya existentes CGT y CGE. “El Movimiento Justicialista...tuvo una concepción propia acerca del papel de la Iglesia… Aquí reside una de las claves de este problema”. 
A su vez la Iglesia tenía su propio proyecto de inserción social a través de organizaciones de profesionales católicos, así como de una penetración (“infiltración”, la llamaría el peronismo) en los gremios, y no estaba dispuesta a encuadrarse en la institucionalización propuesta.

El conflicto entre la Iglesia y el Estado ha sido tan antigua como mundo cristiano. En el caso de la Argentina Justicialista, la condición cristiana, pero no confesional, del Movimiento Peronista, generaba ámbitos de disidencia. A su vez, en Roma, gobernaba un Pontífice político, Pío XII. Preocupado por la reconstrucción de Europa, tras la Guerra fue “un crítico agudo del proyecto cientificista y tecnocrático capitalista, advierte el incremento y amenaza del poder soviético y pone su atención en las reservas de la Iglesia: España, América Latina y las dinámicas misiones africanas.”
Estallado el conflicto, el peronismo sufrió al mismo tiempo una sangría de católicos que se alejaban y el debilitamiento de las convicciones de muchos que quedaron adentro. Este debilitamiento fue importante en la oficialidad de las fuerzas armadas.
Tras el cruento bombardeo de Plaza de mayo, el Líder llamó a la pacificación, y declaró concluida la Revolución Justicialista, por lo que terminaba la situación de excepción y se entraba en una etapa de normalidad, por lo que se permitió el acceso a las radios de los políticos opositores. Al asumir Oscar Albrieu el ministerio del Interior le dijo al presidente que si se trataba de reprimir, que llamara a otro. Perón lo tranquilizó: “dígale a su amigo Frondizi que no voy a presentarme a otra reelección en 1958.”
Pero la respuesta no fue la esperada. Los políticos exigieron por radio la renuncia del primer mandatario, y los comandos civiles se entretuvieron asesinando vigilantes en las esquinas. La conspiración siguió adelante.
El 31 de agosto, considerando que la pacificación había fracasado, Perón ofreció su renuncia, lo que fue rechazado por una manifestación popular en la Plaza de Mayo. De la larga alocución de esa tarde, los enemigos del gobierno sólo rescatarían las palabras más violentas, especialmente la frase que anunciaba: “¡Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos!” Sin embargo, esta terrible amenaza no se cumpliría, aunque serviría para convencer a los conspiradores que todavía estuvieran dudando.
El 16 de septiembre se inició el levantamiento. La reacción militar permitió que los principales focos fueran acorralados. Pero la marina anunció que si Perón no renunciaba, los cañones navales destruirían la destilería de YPF en Eva Perón (La Plata), amenazando con ataques sobre otros puntos del Gran Buenos Aires. Después de lo ocurrido en junio, no había motivos para pensar que se trataba de una bravata. 
No  faltó quien propuso que se llevara a los lugares elegidos como blancos a los familiares de los bravos marinos, pero el presidente desechó la idea. Por el contrario, el día 19 presentó una nota en que ofrecía su renuncia si era la condición para evitar la guerra civil. A las 2 de la mañana del 20, “Perón llamó a Atilio Renzi (mayordomo de la Residencia Presidencial) y le dijo: ‘Mire, Renzi, me voy’. Ordenó algunos papeles, tomó el dinero que éste le había reunido, se entregó unas horas al descanso y, alrededor de las 8, partió rumbo a la Embajada del Paraguay.” Desde ahí sería llevado, por seguridad, a una cañonera de esa bandera que estaba en reparaciones en el puerto, para partir luego en avión a Asunción.
¿Por qué se fue?
Desde ese día de 1955 han sido tema de debate los motivos de que el General no aprovechara su superioridad militar y su inmensa popularidad, para aplastar a los rebeldes. Naturalmente, sus enemigos se llenaron la boca con su presunta cobardía. A esto contestó a Félix Luna: “-¿Cobarde?-nos dijo en Madrid, en 1968-. ¡Si los generales nunca mueren en las batallas, nunca mueren con las botas puestas! Ellos no pelean; mandan que peleen los soldados!”

Desde una interpretación marxista, Milcíades Peña va más allá que la mera cobardía, aunque no la excluye: “En verdad, no fue la matanza lo que Perón trató de evitar, sino el derrumbe burgués que podría haber acarreado el armamento del proletariado. La cobardía personal del líder estuvo perfectamente acorde con las necesidades del orden social del cual era servidor (…) La caída ingloriosa del régimen peronista dio lugar, pues, a gérmenes de una insurrección obrera. Diez años de educación política peronista y el ejemplo de la dirección peronista se encargaron de que esos gérmenes no prosperaran.” 
Más personalizada es la interpretación de José Pablo Feimann, un ex joven peronista que muchas veces hace pensar en enojos de adolescente con su padre: “Que quede claro: Perón se va con un Ejército que le sigue siendo leal y es superior al enemigo. Con una CGT decidida a la lucha. Y con los obreros que se habían olvidado de los amparos del Estado de Bienestar y se la jugaban por él. Lo que falla es la conducción. … La conducción huye. … ¿Perón quiso evitar una guerra civil? ¿Fue víctima de sus condicionamientos de clase? … Si fue un líder combativo, ¿no tenía esa combatividad los límites de la coalición militar, empresarial, burguesa y proletaria que le dio textura? Todo eso es posible. Una cosa fue real: en septiembre de 1955, a todos los que salieron a pelear, el conductor los dejó solos… Todos querían pelear, pero el jefe los abandonó.” 
Nos preguntamos: ¿todos querían pelear? Perón estaba desgastado, seguramente, por diez años de gobierno personal. Con más razón, luego de la muerte de Evita, que no era una revolucionaria contradictoria del general facho, sino su única interlocutora válida desde una posición de la más estricta lealtad. Pero eran muchos los que estaban desgastados por diez años de combate permanente. Por que si la Revolución Justicialista no era revolución para ciertas categorías académicas, sí lo era para sus enemigos que la combatieron con saña. 

Dijimos que el conflicto con la Iglesia había debilitado lealtades militares. El general Alberto Morello era el jefe militar de Córdoba, y como el marqués de Sobremonte en 1806, estaba viendo una función de teatro. Y como el virrey de la mala fama, no creyó en la importancia de los informes y se fue a dormir. Durante su sueño, los revolucionarios se apoderaron del comando de la Escuela de Artillería, con lo que provocaron un desagradable despertar al jefe de ésta, coronel Juan B. Turroni, quien también dormía y que fue herido al intentar resistirse. Años después Morello diría : “Sinceramente,… pensé que Lucero estaría muy nervioso y que por eso llamaba; jamás supuse que los militares se alzarían contra el Gobierno, pues sólo se esperaba un levantamiento civil.”
Las tropas que debían reprimir la rebelión estaban al mando del general José María Epifanio Sosa Molina. Su disposición para la lucha parece expresarse con comentarios como este: “Nadie hablaba de revolución, porque con la frustrada intentona de Videla Balaguer en Río Cuarto pensamos que habría paz por largo tiempo.”
Quedaba la CGT y las posibles milicias obreras. Pero la central, al menos sus líderes de entonces, aconsejaron a los trabajadores mantenerse en calma. Al día siguiente de la derrota insistieron sosteniendo “la necesidad de mantener la más absoluta calma y continuar las tareas”. Recién ante el golpe interno que desplazó a Lonardi se manifestarían como no lo habían hecho al caer Perón.
Norberto Galasso, a quien Feinmann acusa de juzgar desde un punto de vista demasiado peronista critica “La miopía de los analistas políticos liberales (que) los llevará a juzgar que la renuncia se origina en la supuesta cobardía del General. No observan los movimientos profundos de las aguas que son los que explican las olas y la espuma: ese frente policlasista que sostenía a Perón –Iglesia, empresarios, Ejército, trabajadores- se ha desintegrado, y su conductor, ya sin sustento, no tiene otra alternativa que abandonar el escenario de la política argentina.” Y Joseph Page, en su lúcida interpretación del personaje y de la época, se acerca a las verdaderas causas cuando dice: “¿Por qué abandonó Perón su puesto sin luchar? La victoria militar parecía estar al alcance de la mano, especialmente considerando la inminente derrota de Lonardi en Córdoba. Sin embargo, el levantamiento de la marina en su totalidad, el control de un sector del territorio por parte de los rebeldes en Cuyo y el compromiso asumido por muchos civiles de combatir el gobierno hasta su derrumbe hacen pensar que la caída de Córdoba no hubiera significado la terminación de la guerra civil. Por todo ello, Perón debe haber llegado a la conclusión de que si el conflicto se prolongaba indefinidamente le hubiera sido imposible triunfar. 
…Aun en el caso en que él hubiera efectivamente pensado que podía aplastar la rebelión, Perón pudo haber optado por alejarse. A menudo se refería a la terrible tragedia de España –cuyas consecuencias él había tenido oportunidad de ver con sus propios ojos- como una razón suficiente para evitar un holocausto similar en la argentina. El sabía muy bien lo que hacía falta para derrotar a los rebeldes en una guerra prolongada pero, asimismo, percibía lo que se necesitaría para gobernar el país una vez concluido el conflicto. Sólo iba a ser posible una dictadura férrea; él no iba a poder hacer el papel de moderador, de arquitecto de la unidad nacional, de conductor de una ‘comunidad organizada’. No valía la pena luchar para obtener ese tipo de victoria: por eso abdicó.” 
La lectura equivocada del General
Más de una vez hemos dicho que quienes nos dedicamos a la historia tenemos una ventaja inapreciable sobre los politólogos, sociólogos y, sobre todo, protagonistas de los hechos pasados. Jugamos al Prode con el diario del lunes. Desde ahí nos atrevemos a decir que, aunque no sabemos que hubiera ocurrido de haber procedido Perón de otra manera, creemos que equivocó el diagnóstico.
“Estallada la revolución, el día 18 de septiembre la escuadra sublevada amenazaba con el bombardeo de la ciudad de Buenos Aires y de la destilería de Eva Perón (La Plata, EM), después del bombardeo de la ciudad balnearia de Mar del Plata. Lo primero, de una monstruosidad semejante a la masacre de la Alianza ; lo segundo, la destrucción de diez años de trabajo y la pérdida de cientos de millones de dólares. Con este motivo llamé al Ministro de Ejército, General Lucero, y le dije: `Estos bárbaros no sentirán escrúpulos en hacerlo, yo no deseo ser causa para un salvajismo semejante.´ Inmediatamente me senté al escritorio y redacté una nota que es de conocimiento público y en la que sugería la necesidad de evitar la masacre de gente indefensa e inocente, y el desastre de la destrucción, ofreciendo, si era necesario, mi retiro del gobierno.” 
“Yo no me arrepiento de haber desistido de una lucha que habría ensangrentado y destruido al país. Amo demasiado al Pueblo y hemos construido mucho en la Patria para no pensar en ambas cosas.” 
En declaraciones periodísticas realizadas años después, Perón sostuvo que había preferido evitar una guerra civil y por eso había abandonado la lucha cuando tenía las mayores posibilidades de ganarla. La exaltación de los odios se centraba, creía, en su persona. Dejando la presidencia, y más allá de los abusos inevitables y las pequeñas venganzas que seguirían al establecimiento del poder revolucionario, lo fundamental de la obra de su gobierno habría de mantenerse. Tal vez más adelante, cuando las pasiones se acallaran y cuando los errores de los gobiernos sucesivos pusieran en evidencia las virtudes del derrocado, seguramente regresaría para ser reconocido y gobernar sin la oposición exaltada del ´55.
Perón se equivocó en el diagnóstico. Seguramente el agotamiento psíquico y físico por su largo gobierno en soledad, en una soledad que se había incrementado hasta el vacío con la muerte de Eva, había disminuido su espíritu de lucha. Pero no parece injusto concederle el beneficio de la duda cuando explicaba que fue el temor a que la Argentina sufriera las consecuencias de una guerra civil como la que él había visto en España, lo que lo llevó a ofrecer su retiro del poder

No era la primera vez que buscaba una salida de ese tipo. El 31 de agosto, al comprobar que su llamado a la pacificación no había tenido éxito, se había hecho eco del reclamo de la mayor parte de los dirigentes opositores y había ofrecido su renuncia a la presidencia. Por la tarde, ante la multitud reunida en Plaza de Mayo para exigirle que la retirara, lo hizo. Todo habría sido una maniobra, y así lo creyeron los opositores, que se decidieron, si todavía no lo habían hecho, a actuar ante el peligro. Y también lo creyeron muchos peronistas que se sintieron dolidos por el manejo de sus sentimientos que parecía hacer el presidente. Sin embargo, la inútil maniobra se parecía mucho a la conducta que Perón había tenido en 1945 cuando, estando en superioridad militar sobre los rebeldes de Campo de Mayo que pedían su renuncia no hizo lo que le aconsejaban sus colaboradores uniformados y dejó el poder para no mantenerlo por la fuerza. 
En 1945 y en agosto y septiembre de 1955 actuó con coherencia. No quiso seguir el poder, o mantenerse en él, por la fuerza militar. Siempre sostuvo que ésta es frágil y termina por quebrarse, y en todos los casos –el 17 de octubre, sus tres presidencias- su sustento político fue la voluntad popular. Además, debiéndoles el poder a los militares, se convertía en un prisionero de las fuerzas armadas. Algo de eso había ocurrido después del 16 de junio, cuando se rompió el equilibrio interno que siempre había existido entre militares, sindicalistas y otros sectores que integraban el movimiento peronista. 
No sólo Perón creyó que la Revolución Libertadora no significaría una vuelta a 1943. El mismo Lonardi, con su proyecto de peronismo sin Perón intentó que su cruzada embanderada con la consigna Cristo Vence se limitara a terminar con lo que consideraba los excesos del régimen depuesto. Había que meter presos a los ladrones y a expulsar al tirano, que en su megalomanía se dedicaba a pasear en motoneta con adolescentes y se había lanzado contra la Iglesia, pero había que mantener en pie todo lo demás. El 13 de noviembre, los ultra gorilas que lo destituyeron pusieron en evidencia que se trataba de terminar hasta con el recuerdo del peronismo.

Pero esa es otra historia.
Enrique Manson
Septiembre de 2010

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