EL CAMINO HACIA EL INFIERNO

1. EL CONFLICTO CON LA IGLESIA
La Iglesia y el justicialismo
Las relaciones entre la Iglesia y el peronismo habían sido más  buenas que malas. Fuera de la antipatía de algunos sacerdotes y miembros de la jerarquía eclesiástica cercanos a las clases altas, y de cierta reticencia del Vaticano en los primeros momentos, el Movimiento había sido reconocido como cristiano y atendía a los intereses de las mayorías, cosa que veían de cerca los curas de las barriadas humildes. La institución eclesiástica había logrado regresar a la Escuela Pública con la enseñanza religiosa, corrida por el laicismo decimonónico, y mientras el peronismo impidiera los abusos del capitalismo, estaba lejos el peligro de que los trabajadores argentinos se volcaran al comunismo.
Dentro de la jerarquía, el clero y las cabezas políticas del laicado, el peronismo encontró diferentes actitudes: el nacionalismo católico, los católicos liberales y los demócratas cristianos. 
El primero fue en un primer momento una de las fuerzas de la Revolución del 4 de junio. La declaración de guerra al Eje lo alejó de Perón, pero lo volvió a apoyar –contra Braden- en las elecciones de febrero de 1946. Parte de los nacionalistas se incorporaron al Movimiento Peronista y siguieron en él hasta el final. Otros fueron “aliados”, pero luego de la sanción de la Reforma Constitucional, comenzaron a temer un “giro a la izquierda”. El Padre Julio Meinvielle profetizaba una evolución hacia un “Marxismo criollo”. Los liberales de quienes Carlos Chiessa1se pregunta si no se trata de una “‘¿contradictio in terminis’, como suele decirse cuando se dan de patadas dos términos por ser contradictorios?”, estuvo siempre en contra. Ya en 1945 Manuel Ordóñez y la señora de Oyuela, bajo la advocación de  monseñor Miguel De Andrea lo veían como un fascismo argentino y no eran partidarios de la promoción de las masas trabajadoras. De acá surgieron los primeros demócrata cristianos, que formaban el tercer sector, aunque con el tiempo se sumaron a él hombres que habían acompañado los primeros pasos y que reconocían la importancia de su accionar social.
Perón se había presentado como un ejecutor de las enseñanzas de Cristo: “Si se interpretan mal, señalad sus defectos. Si se aplican bien, espero merecer vuestro estímulo….Nuestra religión es una religión de humildad, de renunciamiento, de exaltación de los valores espirituales por encima de los materiales. Es la religión de los pobres, de los que sienten hambre y sed de justicia, de los desheredados (...) Me enorgullece de haber logrado que a la Secretaría de Trabajo y Previsión entren todos con igualdad de derechos y de que si existen miradas de simpatías y asientos cómodos sean dedicados a quienes visten humildemente ropas, a esos descamisados ricos en la fe, pese a las asperezas de la vida, y de los cuales se ha hecho escarnio  con aviesa intención política.” 
La prédica de Meinvielle, sumó conflictos. En 1951 se reunió en Rosario  el Congreso Eucarístico Nacional. La llegada del legado pontificio monseñor Ruffini, fue inicialmente ignorada por el presidente, que se retiró a descansar con Evita a su quinta de San Vicente. Perón estaba molesto con el papa Pío XII que lo criticaba, y el desaire al legado era pontificio parecía una respuesta. A último momento, Perón y Evita fueron a Rosario, saludaron afectuosamente a Ruffini, y Evita lo paseó, ya en Buenos Aires por dependencias de la Fundación Eva Perón. El purpurado comentó que “la obra social de la señora Eva Perón es extraordinaria y estimo que no puede ser discutida”. Según testimonio del Canciller Hipólito Paz a Fermín Chávez, Evita, fervorosa católica e interlocutora respetada por el Líder, convenció a su marido del cambio de actitud. Es posible. Pero también lo es que, como tantas veces, la maniobra haya sido pensada y ejecutada por la pareja. 

El Papa político

Pese al reparto de Yalta –occidente para Washington y oriente para Moscú- en la hambreada  Europa Occidental se expandió amenazadoramente el comunismo. El peligro acercó a Pío XII y al gobierno norteamericano, y ambos apoyaron el desarrollo de los partidos demócrata cristianos  que, junto con el Plan Marshall, lograron el aplacarla la amenaza. Roma, alentada por los antiperonistas norteamericanos, encabezados por el arzobispo de Nueva York, Cardenal Spellman, pensó repetir en el Continente Católico por excelencia: América Latina. Cuando se constituyó, con católicos liberales en la Argentina, Perón lo sintió como una agresión. En la Argentina ya había una democracia cristiana y no era otra que el peronismo.2
En 1949 se formó, en Montevideo la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA). En julio de 1954, en Rosario, se constituyó la Junta Promotora de la democracia cristiana argentina, con fuerte influencia del sector liberal que seguía a Ordóñez y que patrocinaba De Andrea. “Como es de suponer, esta acción política cayó como una bomba en el peronismo, que pretendía ser, dada su colaboración y sus principios, el partido católico por excelencia. Las relaciones con la Iglesia comenzaron a agrietarse rápidamente y los asesores de extrema izquierda del peronismo comenzaron a gravitar junto a Perón.”3 
No todo el clero acompañaba estos proyectos. Las opiniones matizadas eran la característica del episcopado. El arzobispo de Rosario, Monseñor Antonio Caggiano había dicho, en febrero de 1954, “No seamos ciegos. Yo veo como vosotros los defectos e imperfecciones del momento actual; y también los he visto durante cuarenta y dos años de mi sacerdocio. Pero si vemos lo defectuoso, ¿por que no vemos lo bueno, lo que tanto afán hemos deseado y buscado, una mejor distribución de los bienes, un mayor respeto a los derechos del obrero, una distribución más justa de la tierra a las masas campesinas, un acceso de la mesa obrera a los estudios superiores del aprendizaje y mejores salarios?”4. Sin embargo, muchos obispos a partir de su directo contacto con las familias de clases altas, compartían con sus feligreses su antipatía con el peronismo. No ocurría lo mismo con los sacerdotes que desarrollaban su acción pastoral en los barrios humildes y que en la gran mayoría de los casos simpatizaban con la política social del gobierno.

La Comunidad Organizada y la Iglesia

En 1954, superada la crisis económica y después de una singular victoria –por dos tercios de los votos- en la elección de vicepresidente que consagró al almirante Alberto Teisaire, el gobierno peronista terminaba de constituir las organizaciones de representación social que daban forma concreta al proyecto de la Comunidad Organizada. Esta situación hace exclamar a Félix Luna 5: “sin embargo, esta monolítica estructura se desplomaría a la vuelta de un año. Y no por ataques externos, sino por los asombrosos errores de su propio constructor.” Buscando una explicación al asombro, la misma obra se pregunta “¿Que motivaciones pudieron haber inspirado a Perón para insistir con una política tan insensata?...(la explicación) debe plantearse, más  bien, en términos psicológicos: quizá haya que buscarla en esos agotadores nueve años de presidencia, en el ambiente de obsecuencia que lo rodeaba, en el reiterado ejercicio de un poder absoluto.”6
El tema de la juventud aparece en alguna bibliografía como causa del conflicto entre el gobierno peronista y la Iglesia. El desarrollo de la UES, que para Bonifacio del Carril era una creación del ministro de Educación Méndez San Martín “para halagar las bajas pasiones del dictador”, representaba una competencia con el de la Acción Católica Argentina en la captación de los jóvenes. El ministro no era un amigo de la Iglesia, lo que agregaba un componente personal al diferendo, y una Fiesta de la Juventud, organizada por la UES en Córdoba, habría sido saboteada por la Iglesia y los colegios católicos, lo que para muchos peronistas apareció como el problema inicial. Pese a lo que pudieron haber influido estos factores, no parecen suficientes para explicar el conflicto que se suscitaría poco después.
Para Chiessa, “a partir del segundo gobierno justicialista (1952), el proceso revolucionario se profundizará.”7  Al menos en lo que corresponde al sistema institucional de lo que Perón había llamado la Comunidad Organizada. El mismo autor recuerda que Perón convocó a “la organización institucional” que superara el “gregarismo orgánico, ...el 1º de mayo de 1954 en la Plaza de Mayo”. Pero una institucionalidad diferente, que sin excluir las instituciones de la Constitución, propias de la democracia liberal, incorporara otras que organizaran a los distintos sectores de la comunidad. Así nacían, por entonces, la CGP y la CGU que se sumarían a las ya existentes CGT y CGE. “El Movimiento Justicialista...tuvo una concepción propia acerca del papel de la Iglesia.”8Y agrega este autor: “Aquí reside una de las claves de este problema”. A su vez la Iglesia tenía su propio proyecto de inserción social a través de la Acción Católica y de las nacientes organizaciones de profesionales católicos, así como de una penetración (“infiltración”, la llamarían los sindicalistas peronistas) en los gremios, y no estaba dispuesta a encuadrarse en la nueva institucionalización.
El conflicto entre la Iglesia y el Estado ha resultado históricamente inevitable en el mundo cristiano. Por definición, ambos se consideran sociedades perfectas, lo que impide que reconozcan subordinación alguna a otra entidad9. En el caso de la Argentina Justicialista, la condición cristiana, pero no confesional, del Movimiento gobernante, generaba permanentemente ámbitos de disidencia. Al mismo tiempo, en Roma, gobernaba un Pontífice sumamente interesado por la problemática política de su tiempo. Preocupado por la reconstrucción de Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, Pío XII “se convierte progresivamente en un crítico agudo del proyecto cientificista y tecnocrático capitalista, advierte el incremento y amenaza del poder soviético y pone su atención en las reservas de la Iglesia: España, América Latina y las dinámicas misiones africanas.”10 Sobre el tema, Perón dice11: “Desde los tiempos de la Inquisición el poder temporal ha sido un sentimiento arraigado en el sector político del clero. Este sentimiento ha sido apaciguado cuando el palio de San Pedro cubrió a un Papa piadoso y se exacerbó cuando un Pontífice político ocupó dicho cargo.”

La crisis

El 10 de noviembre de 1954, Perón habló ante un nutrido auditorio compuesto por los gobernadores de las provincias y los territorios nacionales, el vicepresidente, los ministros autoridades legislativas y otros altos funcionarios. “Yo quiero dar una explicación de orden general”, dijo el presidente, “como que viendo personalmente esta situación desde hace algún tiempo...Algunos han creído que éstaes una cuestión de la Iglesia o una cuestión de los estudiantes. No hay tal cosa. Aquí se trata de una cuestión política, como todas las situaciones que hemos pasado desde hace un tiempo a esta parte, con la diferencia que los políticos de la oposición han cambiado un poquito el método, lo que me admira porque ellos suelen andar siempre sobre los mismos métodos, peleándose en los comités, o preparando una revolución en los cafés. Esta vez parece que han elegido otros lugares para preparar esta misma revolución, con la que vienen soñando desde hace diez años. Esa es la realidad.” El presidente tomaba así el tema por su núcleo político. “En otro orden de cosas pasa lo mismo. La asociación Acción Católica Argentina, que es una asociación de orden internacional, también sin duda, contará en su seno con antiperonistas...que giran en la organización...van a muchas reuniones y dicen: ‘Yo no vengo en nombre de la Acción Católica’, pero actúan en nombre de ella.”  El clero es “una organización como cualquier otra, donde hay hombres buenos, malos y malísimos” Considerando que los opositores golpistas tratan de incorporar a sectores de la Iglesia para sus fines, se ha buscado la opinión de las autoridades eclesiásticas, y los obispos “nos dieron toda la razón del mundo. Eso dijeron los prelados y yo creo hacer honor a la palabra de los prelados” que la sostendrán cuando “el Gobierno y las organizaciones del Estado o del pueblo argentino tomen las sanciones que han de tomar...combatiendo a hombres que han dejado de cumplir con su deber de sacerdotes.” Entre éstos, Perón denunció a los obispos Fermín Laffite, de Córdoba, Froilán Ferreira Reinafé de La Rioja y Nicolás Fasolino de Santa Fe y a otros sacerdotes como Bonamín. Con respecto al “Partido Demócrata Cristiano o Demócrata Católico”, sugiere “que vayan, que presenten la plataforma...y que se presenten después a elecciones. vamos a ver cuantos votos sacan...Ya estoy viendo que se están juntando allí los conservadores algunos nacionalistas y hasta comunistas y algunos clericales, es decir los cuatro ‘pianta votos’ más  grandes que tenemos en el país.”12
Los sectores liberales e izquierdistas del peronismo o cercanos a él, creyeron ver la oportunidad de desquitarse de los amargos tragos que habían soportado durante los años de buena relación con la Iglesia. A la cabeza de ellos estaba el vicepresidente Teisaire, sospechado de militar en la masonería. A su vez, el periódico trotskista La Verdad afirmaba que “la creación de un partido social católico responde a los planes de los yanquis de colonización del país...(Perón había producido) un viraje a la izquierda.
El episcopado respondió, el 19 de noviembre, con una Carta al General Perón como Presidente de la Nación, en la que manifestaba “asombro y estupor frente a las declaraciones hechas públicas por V.E. para toda la Nación”, remarcando el papel de la Iglesia “desde los días iniciales de su formación...para su engrandecimiento moral y espiritual....formando ciudadanos buenos y respetuosos de la autoridad legítima”, y sin dejar de reconocer haber sido “favorecida y estimulada por V. E. con palabras y hechos significativos y hondos como la ley de enseñanza religiosa.” Los obispos trataban de conciliar, pero el día 13 la policía cordobesa había impedido un homenaje que se intentó hacer en la capital mediterránea al obispo Laffite.
Los sectores sindicales, preocupados por lo que consideraban una “infiltración clerical” en sus filas habían denunciado días antes, a través de La Prensa, que ésta era manejada desde Bruselas, por la “Federación Internacional de Sindicatos Católicos...(que) tiene el reconocimiento oficial, como miembro consultivo, del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas. Por otra parte la necesidad de unir a todos los organismos de derecha para corregir un poco los errores de la posguerra, llevó a la Organización Internacional del Trabajo a que reconociera también la Confederación Internacional de Sindicatos Católicos. Esta filial en América Latina, centralizando el foco de sus actividades en Santiago de Chile.”13Con esta preocupación, la CGT convocó a un acto en el Luna Park que se realizó el 25 de noviembre. Después de duros discursos de Teisaire, Eduardo Vuletich - secretario general de la Central Obrera- y de la dirigente del Partido Peronista Femenino, Delia D. de Parodi, y entre carteles que proclamaban Perón si, curas no, el presidente habló en un tono más conciliador, señalando que había pedido la ayuda del episcopado para evitar incidentes. “Esta colaboración es la que yo pedí y es la que yo quiero. Pero, vistos los hechos, yo quiero hacer presente que hoy, como siempre, entre una fuerza que lucha con el pueblo, y el pueblo, yo elijo ahora, como he elegido siembre, el pueblo.”14 Sin embargo, los hechos parecían indicar que no quedaba espacio para la moderación. 
Por su condición de ministro del Interior y sus orígenes socialistas, Angel Borlenghi fue acusado, desde la oposición y desde los sectores católicos del peronismo, de ser uno de los instigadores del conflicto. Por el contrario, advirtió la inconveniencia de enfrentar a la Iglesia y estuvo entre los que trataron de aquietar las aguas. Luego de renunciar a su cargo, y en viaje a los Estados Unidos (10/7), declaró a los periodistas de Montevideo: “El episodio con los católicos no lo provoqué ni lo alenté. Ningún acto de violencia contra la Iglesia fue tolerado por mí. Puedo probarlo”15. Dos días después, en Puerto Rico afirmó: “el catolicismo nada tuvo que ver con la revolución del 16 de junio pasado”. Potash también descarta la responsabilidad del ex ministro.
Desde principios de diciembre se inició una verdadera ofensiva legislativa con la supresión de la Dirección General de Enseñanza Religiosa del Ministerio de Educación. Esto seguiría, el 22 del mismo mes, con la inclusión del derecho a un nuevo matrimonio de los divorciados en la reforma del Régimen Penal de Menores y del Bien de Familia. Era, para la época, una fuerte provocación que la Iglesia no podía dejar pasar. Los obispos pidieron, sin éxito, el veto presidencial. El 10 se había clausurado el diario católico El Pueblo, y el 30 se autorizó la instalación de prostíbulos, prohibidos desde la Ley de profilaxis de los años ‘30.
Entre marzo y mayo se derogaron feriados por festividades religiosas y se quitaron excenciones impositivas. El 13 de mayo le tocó el turno a la ley de Enseñanza Religiosa, luego de un absurdo debate, donde los izquierdistas y liberales del peronismo pudieron desquitarse de los sapos que se habían tenido que tragar en 1947 cuando votaron la aprobación. Para el senador Serrano, “la rectificación es procedente porque en la práctica la ley ha sido desvirtuada y sus efectos torcidos con aviesa intención y manifiesta falacia...Lo malo sería tener el falso rubor de declarar que la mayoría de 1947 se equivocó...”16 Los radicales -críticos ocho años atrás- esgrimieron elogios de la Rerum Novarum y del padre Grote. Francisco Rabanal llegó a sostener que la ley de descanso dominical había surgido por “una manifestación aguerrida de obreros católicos”, y que el “cristianismo no era compatible con los principios totalitarios del régimen.”17El 13 de mayo se sancionó la Ley 14404. Por ella se convocaba a una nueva reforma de la Constitución dentro de 180 días, en la que se separarían la Iglesia y el Estado. Los diarios oficialistas se llenaron de ataques a los curas y al clericalismo. Se multiplicaron los hechos de provocación, generados muchas veces por funcionarios de menor cuantía, ansiosos de hacer mérito. En el acto del Día de los Trabajadores del 1º de mayo, Vuletich volvió a atacar al clero que “predica la resignación de rodillas; nosotros lo preferimos a usted general, que preconiza la dignidad de cara al sol y nos enseña a pelear por la conquista de nuestros derechos.”
El conflicto creó dudas y graves problemas de conciencia entre los peronistas católicos, que no eran pocos. El ministro de Comercio, Antonio Cafiero y los diputados Dominga de Sosa Vivas, Hilario Salvo y Roberto Carena renunciaron a sus cargos. Entre los sectores medios, más allá de su mayor o menos fervor religioso, la exterioridad de lo que se empezaba a ver como un atropello injustificado a la Iglesia, causaba indignada estupefacción. Los más duros opositores, a su vez, vieron la oportunidad que se presentaba. José Luis de Imaz, integrante de la CGU, rompió con el gobierno en marzo de 1954, aunque se consideraría un “peronista en retiro efectivo”. Fermín Chávez relata su participación en una reunión en el restaurante El Tropezón, donde algunos nacionalistas plantearon la ruptura con el peronismo. “Hay testigos de que otros manifestamos con dureza, nuestra lealtad al justicialismo. Arturo Jauretche relata un episodio similar: ‘No se daba la opción entre nacionalismo y Perón, sino entre Perón y la oligarquía.’”18








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